• Bill Frisell & Joey Baron: Frisell tuvo un Baron

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    The Jazz Bakery – Culver City (USA)
    Jueves 10 de Enero de 2008 – 21:30 hs.

    Bill FrisellEl guitarrista Bill Frisell y el baterista Joey Baron son dos de los músicos surgidos de la escena del downtown neoyorquino, más admirados y reconocidos en la actualidad. Cada uno de ellos es un referente innegable de su respectivo instrumento y son, por diferentes motivos, una fuente a citar ineludible a la hora de mencionar a los íconos del jazz de vanguardia de las últimas décadas.
    Si bien ambos han estado asociados en diversos proyectos comunes, no se registran muchos antecedentes de que se hayan presentado como dúo, tal como lo hicieron durante una breve gira que los trajo al Jazz Bakery de la ciudad de Culver City.
    La expectativa con relación al concierto estaba justificada en los destacados antecedentes de estos músicos pero, al menos en mi caso, eso no alcanzaba a disipar dudas, incertidumbres, temores…Casi como si se tratara de un prejuicio.
    El proceso de emitir una opinión previa y tenaz acerca de algo que no se conoce o se conoce mal, es lo que se denomina prejuicio. La palabra prejuicio proviene del latín praejudicium que significa “juzgado de antemano”.
    Por lo general los prejuicios son de carácter desfavorable, ya que nos permiten arribar a una conclusión sobre algo antes de determinar la preponderancia de la evidencia o pueden conducirnos a la formación de un juicio sin experiencia real o directa.
    La psicología ha determinado, empíricamente, que un prejuicio cognitivo es una distorsión en la manera en que percibimos la realidad.
    El prejuicio puede surgir por conveniencia, para descartar o dominar a otras personas o simplemente para aceptarlas preferentemente sin tener remordimientos ni la obligación de detenernos a pensar si esa opinión es subjetiva u objetiva, o si eso es bueno o malo.

    Jazz BakeryUna frase que expresa cabalmente este concepto y que jamás olvidaré es… esteee… ehhh… ¡Pucha!
    La dijo el famoso filósofo…
    El griego éste que andaba siempre con el otro que era griego también…
    Muy conocidos los dos…y es lógico ya que si andan juntos tenían que ser conocidos. No recuerdo los nombres en este momento pero estoy seguro que aquella frase decía… ehhh … la dijo un martes. Entre las 4:15 y 4:20 de la tarde…¡No!
    Fue un miércoles. Era el año… Bueno, eso no importa mucho.
    ¡¡¡Unaaaa fraseeee!!!
    ¿Hace falta agregar algo más? La verdad, no sé.
    En el fondo, todo prejuicio es una evaluación preconcebida comúnmente de carácter hostil que se tiene sobre los otros sin llegar a conocerlos realmente.
    Aclaro que esto, lo anterior y todo lo que pueda decir en el futuro no tiene una pretensión pedagógica o didáctica.
    Apenas estoy intentando entender, comprender y hasta justificar el porqué de mis dudas, incertidumbres y temores con respecto al show de Bill Frisell y Joey Baron.
    Evaluadas las circunstancias, habiendo calado en profundidad en el nudo argumental, hurgando en continente y contenido metafísico y principalmente tomando como eje clarificador aquella inolvidable frase del filósofo griego que…
    ¡Que no voy a repetir otra vez!
    Puedo asegurar que mis vacilaciones y titubeos previos al show no provenían de un prejuicio, sino que expresaban el tipo de sensaciones paradojales que derivan de la simpatía o antipatía que uno puede llegar a experimentar ante los demás individuos.
    La antipatía o simpatía, de acuerdo al caso, se basa normalmente en información pasada y en la experiencia del individuo sobre algo en particular. Veamos…

    Joey BaronFrisell es un maestro de la guitarra que en su extensa y dilatada trayectoria nos ha ofrecido lo que ya todos sabemos, pero no menos cierto es que lo endeble de algunos de sus últimos trabajos pusieron en riesgo lo que ya todos creíamos saber.
    Sin ir más lejos, la última vez que vi en escena a Frisell, para no dormirme tuve que recurrir al viejo truco de contar ovejitas en reversa. Ante la inoperancia del método, intenté mantenerme despierto haciéndome un torniquete en… en mis partes íntimas.
    Pero nada impidió que me deslizara en la butaca para despertar horas después con la boca pastosa y la sensación de haber sufrido una pesadilla.
    Si mal no recuerdo, en el sueño un muñeco de nieve vestido de cowboy me pegaba con una guitarra en… en mis partes íntimas.
    En cambio, cada vez que tuve oportunidad de ver en vivo a Joey Baron salí con una indeleble y tonta sonrisa dibujada en el rostro que no pude borrar ni sumergiéndome en una bañera con lava hirviendo.
    Dejemos atrás por un momento prejuicios, simpatías o antipatías y vayamos al show.

    Baron - FrisellUna breve introducción en guitarra abre paso a Boubacar, tema que registra versiones previas en los álbumes The Intercontinentals de 2003 y en East/West de 2005. El título de esta canción rinde tributo al renombrado cantante, compositor y guitarrista de Malí, Boubacar Traore. Se incorpora Baron, primero ofreciendo sutiles matices en escobillas y tocando con las manos después. Esta versión parece trazar una bisectriz entre las ya conocidas pero agregando elementos que serán sobresalientes durante toda la noche, tales como la interacción, la complicidad manifiesta y una inflexible orientación exploratoria. Frisell siempre tuvo una increíble habilidad para abarcar géneros musicales aparentemente antagónicos. Desde mediados de la década pasada comenzó a incorporar elementos más explícitos de country y bluegrass hasta llegar a un punto más cercano en el tiempo, en el que esas influencias ocuparon el corazón de su vocabulario musical. Sin embargo aquí, aun cuando su guitarra contiene los sonidos rurales del country, parece haber recuperado los vívidos paisajes de la improvisación y el arrebato del rock que lo distinguiera en el pasado. Y en ese cambio yace encubierta su voluntad pero sobre todo la motivación que genera tener enfrente, o al lado si lo prefiere, a Joey Baron. El tipo toca la batería con una destreza admirable y eso no es novedad. Pero además asume riesgos, propiciando la evolución natural del acto creativo y eludiendo cualquier posibilidad de que sus intervenciones sean interpretadas como una simple excusa para demostrar su virtuosismo.
    Bueno, esto tampoco es novedad.

    Unos lacerantes acordes en guitarra construyen un puente que une Boubacar con Hackensack, composición de Thelonious Monk sobre la que Frisell hiciera una versión en el álbum Lookout for Hope de 1994. Claro que aquí todo es muy diferente ya que la combinación de destreza técnica con una lúdica vocación cooperativa permite que pasemos del jazz al blues y del rock al ragtime, todo por el mismo precio. Con un encendido Frisell extrayendo de su instrumento una infinita gama de texturas mientras Baron toca la batería… Toda la batería. Arriba, abajo, con las baquetas, con las manos, con los platos al revés, con los platos al derecho y él al revés y siempre con una sonrisa de oreja a oreja. Tiene la alegría de vivir, como diría La Chona.
    Siguen con Egg Radio, tema del guitarrista que fuera incluido en el álbum Quartet de 1996 y también en Gone, Just Like a Train de 1998, en una versión que conserva la esencia pop del original pero enriquecida por un Baron que logra construir la melodía con los parches y un solo de trazos atmosféricos y envolventes a cargo de Frisell cuyo dibujo musical, pese a resultar apacible en la superficie, enmascara un entramado de gran complejidad técnica.

    A continuación ofrecen una lectura minimalista de This Land. Una cascada de delicados acordes en guitarra alternados con fraseos transitorios y desarrollos sin fin son secundados, en un juego de complicidad permanente, por un respaldo rítmico de idéntica fineza para finalmente confluir en una coda en la que Frisell, merced a su soporte tecnológico, hace mutar los parámetros jazzísticos contenidos en el núcleo de la composición en una estructura próxima a la música ambiental.
    Una obertura en guitarra que parece ser una secuela del tema anterior permite rescatar del baúl de los recuerdos Is That You? Tema que dio título al álbum que Frisell hiciera en 1989. Inesperadamente Baron construye lo que parece ser una danza india que, por su intensidad y contundencia, nos hace pensar que los indios son muchos y no vienen con buenas intenciones. Así fue. Sin perder el pulso, Baron cambia una y otra vez de baquetas. De una de madera pasa a otra de aluminio, luego toma una con punta de felpa pero todo al servicio del tema y con el afán de obtener diferentes tonos o para otorgarle mayor o menor rapidez y potencia rítmica. Frisell no se queda atrás y ofrece un solo que simula ser heredero directo de Wes Montgomery y Jim Hall pero con unas ganas tremendas de ser pariente de Jimi Hendrix.
    Sin tiempo para los aplausos arrancan con otra composición de Thelonious Monk.
    En este caso Raise Four de 1968, tema del que Frisell ya ofreciera su propia versión en el disco que hizo en el 2006 con Paul Motian y Ron Carter. Aquí con un encuadre menos bluseado pero que respeta las oblicuas disonancias del original. Final.

    Vuelven y hacen My Man’s Gone, canción que formara parte de la segunda escena de la ópera Porgy and Bess compuesta por George Gershwin, sobre la cual Frisell ofreciera su particular visión en los álbumes Ghost Town de 2000 y East/West de 2005.
    Ahora sí todo terminó.
    La gente aplaude de pie.
    El guitarrista se acerca al borde del escenario para saludar mientras abraza “sin prejuicios” a su circunstancial socio.
    Se lo ve sonriente y feliz y no es para menos ya que esta noche Frisell tuvo un Baron.

    Sergio Piccirilli

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