• Liliana Herrero: Igual a mi corazón

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    La casa de al lado, Zamba del arribeño, Uruguay, Chañarcito, Brillantina de agua, Canto labriego, Achado, Arbolito del querer, Zonko querido, Canción de las cantinas, Agua de mi sed, Cais, Vidalero, Ponte enferrujada

    Músicos:
    Liliana Herrero: voz
    Matías Arrazu: guitarras y voces
    Mariano Cantero: percusión y voces
    Músicos invitados:
    Marcelo Moguilevsky: clarinete, flauta dulce sopranino, armónica, silbido
    Mercedes Sosa, Liliana Vitale, Lisandro Aristimuño: voz
    Teresa Parodi: recitado
    Urbano Moraes: bajo y voces
    Ernesto Snajer: guitarra de 10 cuerdas
    Guido Martínez, Mariano Otero: contrabajo
    Caíto Marconoes: piano preparado, caxixis, zumbidor, gonzó
    Horacio Castillo, Germán Arrazu, Bernardo Ramos, Luciano Cámara: guitarra
    Lilián Saba: piano
    Damián Bolotín, Raúl Di Renzo, Renata Neves: violín
    Elizabeth Rodolfi: viola
    Jorge Bergero: cello
    Itiberé Orquesta Familia: instrumentos varios, voces, palmas

    S'Music, 2008

    Calificación: Dame dos

    Desde bien niño, mi relación con el folclore argentino fue bien basta.
    Sí, basta. Y no vasta. ¿Le basta?
    A ver, para que quede claro. Si yo digo "basta" relación me refiero a que se trata de algo más bien tosco, rudimentario; en cambio, si digo "vasta" relación estaría significando un lazo profundo, amplio.
    Pero esto no me basta para decir basta.
    Porque aún no he sido vasto.
    El basto es también un palo de la baraja española.
    Pero ésa es otra historia.

    Les hablaba de mi basta relación con el folclore argentino. En todo sentido, desde el conocimiento hasta el afecto y todas las paradas intermedias. Convengamos que, si bien supe formar parte de algún grupete zambero, algo en el ambiente hacía que no lo quisiera. Al grupo sí, me refiero al estilo, al folclore argentino.
    No es que no me interesaran las "costumbres, creencias y artesanías tradicionales de un (mi) pueblo", tal cual la definición en el diccionario de la Real Academia Española. Lo que no me interesaba mucho que digamos eran las chacareras, zambas y los etcéteras que pueden relacionarse con la música.
    Tampoco estaba muy cerca que digamos del tango, pero no mezclemos.
    Por ahora.

    Lo cierto es que vaya uno a saber por qué designios, nunca tuve ese "amor a la patria" o a los "símbolos patrios". Con el tiempo una va intentando interpretar. Y teniendo en cuenta lo que debimos padecer desde "arriba" es hasta lógico que las cosas hayan resultado así. Y no sólo para mí, que conste.
    La música folclórica eran Los Chalchaleros, Los Fronterizos, Los Tucu Tucu, Horacio Guarany, el Chango Nieto, Daniel Toro, Zamba Quipildor, Los del Suquía, Los Quilla Huasi, Los Cantores del Alba, los Hermanos Ábalos, Carlos Torres Vila y tantísimos más. Esta información era la que recibíamos desde las radios y la televisión. Tiempos de Argentinísima y de un tal Julio Márbiz, que luego fuera Mahárbiz. Y las películas bancadas por dineros e intereses que vaya uno a saber y la sensación de que el folclore, aún escuchado por vez primera, era vetusto. Y los espantosos actos escolares donde, religiosamente, habría que danzar y hasta soportar a algún combo cantando Zamba de mi esperanza.

    El tiempo pasó y fue poniendo las cosas en su lugar. Aparecieron las opciones y las inquietudes de cada uno se apropiaron de algunas de ellas. O no. Pero era factible elegir.

    Recuerdo que una de las cosas que me llamaba la atención era que me atraía la música folclórica de otros países pero no del mío. Y no sólo la música sino, insisto, cada símbolo patrio. ¿Cuánto habrán tenido que ver en esto ciertos gobernantes? En fin, no es momento ni lugar, pero creo que a muchos nos ha pasado eso de crecer sin una patria a mano, visible y querible.
    Pero, como se ha dicho, el tiempo ordenó algunas cosas. Y si me emocionó poder ir, sin culpa, a presenciar a la trova cubana representada por Silvio Rodríguez y Pablo Milanés y el regreso de Joan Manoel Serrat, no ocurrió algo muy distinto cuando Mercedes Sosa pudo, por fin, volver a cantar sus cosas; que eran de otros, pero de ella. Y nuestras.
    Fue un quiebre.

    Pero fue a través de los músicos de la actual generación que comencé a sentir al folclore argentino como una música propia. Músicos que no solamente decían sus cosas sino que no rehuían a las influencias de otros estilos y a un necesario aggiornamiento.
    Así, hoy tenemos a Aca Seca Trío, Luna Monti, Verónica Condomí, Mariana Baraj, Ernesto Snajer, Edgardo Cardozo y siguen las firmas.

    Con Liliana Herrero, lo reconozco, la historia fue distinta. La escuché por primera vez en su segundo disco, Esa fulanita; y además de notar no sin alegría las participaciones de músicos provenientes del rock como Spinetta, del Guercio y Goldín, la producción estaba a cargo de un tal Fito Páez que, por ese entonces, ya se había metido de lleno en esta Ciudad de pobres corazones.
    Y de a poco, como quien no quiere la cosa, la Herrero se me instaló.
    Fue en forma progresiva, lo admito.
    Y entiendo a aquellos que se resisten a la cantante.
    A los que, simplemente, Liliana Herrero "no les gusta".
    Por supuesto que los entiendo.

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