• Wayne Horvitz: Joe Hill – 16 Actions for Orchestra, Voices and Soloist

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    Action 1: Power in the Union, Action 2: One Day One Hour, Action 3: Worthy of his Food, Action 4: Jerusalem, Jerusalem, Action 5: It’s a Lie, Action 6: On Another Shore, Action 7: Spike Driver’s Blues, Action 8: The Land as a Stranger, Action 9: Lumberjack’s Prayer, Action 10: To Have this Hour, Action 11: Hard Time in the Country, Action 12: I Never Die, Action 13: Nameless Faceless, Action 14: Bound to Wake Up, Action 15: How to Die, Action 16: Where Flowers Grow

    Wayne Horvitz: compositor
    Paul Magid: textos
    Danny Barnes, Robin Holcomb. Rinde Eckert: voces
    Bill Frisell: guitarra
    Northwest Sinfonia: Christian Knaap (director), Mikhail Shmidt, Simon James, Tim Garland, Steve Bryant, Artur Girsky, Natasha Bazhanova, Tom Dziekonski, Leonid Keylin, Daisuke Yamamoto, Kwan Bin Park, Jean Wells-Yablonsky, Clark Story (violines), Roxanna Patterson, Nigel Muffin, Laura Renz, Suejane Bryant, Larissa Brown, Scott Ligocki, Shari Link (violas), Craig Werner, Walter Gray, Chuck Jacott, Virginia Dziekonski, Kevin Krentz (cellos), Laura DeLuca, Jeffrey Brooks (clarinetes),Meade Crane (piano), Justin Emerich (trompeta),David Ritt (trombón), Chirs Olka (tuba), Matthew Kocmieroski (percusión)

    New World Records, 2008

    Calificación: Está bien

    El trabajo es el refugio de los que no tienen nada que hacer (Oscar Wilde)

    El pianista y compositor Wayne Horvitz es uno de los músicos más creativos, respetados y prolíficos de la música contemporánea. En los ochenta junto a Bobby Previte, John Zorn y Bill Frisell, entre otros, fundó e impulso la escena de vanguardia del downtown neoyorquino. Durante esa etapa lideró bandas cardinales de ese movimiento tales como The President y Pigpen, compartió créditos con Robin Holcomb en la New York Composers Orchestra e integró algunos de los emprendimientos substanciales de aquella corriente como Naked City, el Sonny Clark Memorial Quartet y el Horvitz/Morris/Previte Trio. Años después se trasladaría a Seattle, metrópoli ubicada al otro extremo del territorio estadounidense, para erigirse en un merecido estandarte de la nueva escena musical de esa ciudad. En este segmento de su itinerario artístico, Horvitz fundó y desarrolló los proyectos grupales Mylab, Zony Mash, Sweeter than the Day y el New Gravitas Quartet. El ideario creativo de Horvitz se manifiesta en la actualidad con inusitado vigor. Prueba de ello es que, en lo que va del año, editó cuatro álbumes: Mr. Man in the Moon con Varmint, A Walk in the Dark junto a Sweeter than the Day, One Dance Alone con el Gravitas Quartet y Joe Hill: 16 Actions for Orchestra, Voices and Soloist, tal vez la obra más ambiciosa de su dilatada trayectoria.
    Joe Hill: 16 Actions for Orchestra, Voices and Soloist es un oratorio inspirado libremente en la vida del líder sindical, músico y precursor de la canción de autor, Joe Hill. Este rimbombante proyecto reúne a la Northwest Sinfonia bajo la dirección de Christian Knapp, los textos de Paul Magid (miembro del afamado grupo de comediantes conocidos como The Flying Karamazov Brothers), al guitarrista Bill Frisell, al actor y escritor Rinde Eckert y a las voces de Robin Holcomb y Danny Barnes. En este trabajo conviven las canciones de Joe Hill con composiciones originales, narraciones y poemas tradicionales. Confluyen la profundidad de la música de cámara con el espíritu de la balada folk y la improvisación del jazz. Se unifican el sentimiento de la música de los Apalaches con la melancólica expresividad del blues y conceptos armónicos heredados de Leonard Bernstein, Charles Ives y Aaron Copland.

    Joe Hill, cuyo nombre real era Joel Emmanuel Hagglund, nació en Suecia en 1879. Tras la muerte de sus padres emigró a Estados Unidos alentado por el sueño americano. Una vez allí, trabajó como minero y estibador portuario. En 1910 se afilia al sindicato IWW (Industrial Workers of the World). En su militancia sindical utilizó la música como modo de lucha y de difusión de las consignas políticas y reivindicaciones sociales, cantando en las reuniones sindicales y en las calles de los barrios obreros.
    Su fórmula musical incluía pegadizas melodías y estrofas de contenido revolucionario que terminaron por convertirse en auténticos himnos combativos que los obreros entonaban en movilizaciones y huelgas.
    En épocas recientes, algo así intentó hacer mi primo… Ante todo debo aclarar que mi primo es el hijo de mi tía, quien a su vez es la hermana de mi papá. Mi papá es el hijo de mi abuelo cuyo nieto además de un servidor es, justamente, mi primo.
    Esta detallada descripción aparentemente sin sentido, está fundamentada en que mi primo tiene una incontrolable obsesión por conocer el parentesco que une a las personas. Tan así es que, cuando su esposa le confesó que tenía un amante, lo único que atino a decir fue: "Ah bueno, entonces él… ¿qué viene siendo para mí?"
    En orden de prioridades le cuento que mi primo cierta vez intentó seguir los pasos de Joe Hill y fue a la oficina con su guitarra dispuesto a cantar una serie de reclamos laborales. De inmediato logró unificar a sus compañeros de trabajo… en su contra.
    La particular agudeza que distingue a mi primo le permitió comprender que lo suyo no era el sindicalismo y mucho menos la música, especialmente después que sus pares -apoyados por la patronal- lo obligaran a tragarse la guitarra.
    Lo cierto es que no siempre las reivindicaciones sindicales son justas y lo digo con conocimiento de causa: una vez trabajé.
    Inspirado en textos y apuntes de Licurgo, George Bernard Shaw y Emiliano y Rodolfo Zapata (que no eran parientes… lo aclaro por mi primo, ¿vio?) estamos en condiciones de afirmar que trabajar dignifica y que, además, no implica un gran sacrificio.
    Veámoslo de la siguiente manera: el año tiene 365 días de 24 horas, de las cuales 12 están dedicadas a la noche lo que hace un total de 182 días; por lo tanto, sólo quedan 183 días hábiles. Menos 52 domingos, quedan 131 días. Si descontamos los 52 sábados quedan un total de 79 días de trabajo, pero además hay 4 horas dedicadas a las comidas, sumando 60 días, lo que quiere decir que sólo hay 19 días dedicados al trabajo. Pero como uno tiene por ley 15 días de vacaciones, sólo quedan 4 días para trabajar, menos aproximadamente 3 días de permiso por enfermedad o para hacer trámites, sólo queda un día para trabajar; pero… ¡oh, coincidencia! Ese día es precisamente el "Día del Trabajo", que es festivo y, por lo tanto, no se trabaja.

    Lo concreto es que de solo pensar en el trabajo me agoté; así que mejor aprovecharé mi tiempo libre comentando el álbum de Wayne Horvitz sobre vida y obra de Joe Hill.
    En Action 1: Power in the Union hallamos intercepciones armónicas que remiten a West Side Story de Leonard Bernstein, narraciones, elementos operísticos, una guitarra improvisando sobre escalas de blues y la inserción melódica del tema tradicional There is a Power in the Union cuya letra sienta las bases del espíritu sindical “hay poder en una fábrica, hay poder en las manos de un trabajador, pero todo eso es nada si no nos mantenemos juntos. El poder está en la unión.” Action 2: One Day One Hour incluye un diálogo imaginario entre Joe Hill y la activista sindical Elizabeth Gurley Flynn, quienes aclaro no tienen parentesco alguno entre sí (usted sabe, después mi primo pregunta). En el núcleo de Action 3: Worthy of his Food descubrimos la canción del siglo XVIII Chairs to Mend incorporada en un encuadre próximo al góspel. Action 4: Jerusalem, Jerusalem es un pasaje a capella con vestigios del himno luterano Waldestrommare. Action 5: It’s a Lie confronta el timbre nasal que caracteriza a los vocalistas de country con arreglos orquestales a lo Gershwin, en connivencia con la canción religiosa The Preacher and the Slave. En Action 6: On Another Shore, sobre un fondo de corte camarístico, Joe Hill, en la voz de Danny Barnes, nos relata cómo llego a convertirse en luchador sindical. Action 7 reformula el tema de Mississippi John Hurt Spike Driver’s Blues mutando líneas asociadas al folk estadounidense en un crescendo en 12/8 para concluir en un bloque sonoro que cede a las proporciones áureas utilizadas por Bela Bartok. Action 8: The Land as a Stranger narra el desarraigo y las injusticias sufridas por el proletariado inmigrante; y los arrestos operísticos de Action 9: Lumberjack’s Prayer, parodian el rezo de Matt Hbuta conocido como T-Bone Slim. Las ambiguas tonalidades de la música de los Apalaches en Action 10: To Have this Hour empalman con una innegable referencia al tema de Bob Dylan Maggie’s Farm en Action 11: Hard Time in the Country.
    La muerte es el tema central de Action 12: I Never Die mientras que la guerra lo es en Action 13: Nameless Faceless, segmento que incluye en la voz de Robin Holcomb la canción anti-bélica Don’t Take my Papa Away. Action 14: Bound to Wake Up fusiona el leitmotiv inicial de este oratorio con Rebel Girl, canción que Hill compusiera inspirado en Elizabeth Gurley Flynn. Una guitarra distorsionada ambienta e ilustra en Action 15: How to Die los momentos previos a la ejecución de Joe Hill ocurrida en 1915; y un clima de ensueño en Action 16: Where Flowers Grow nos recuerda su póstuma recomendación “No pierdas tiempo con el luto. ¡Organiza!”. Fin.
    Este álbum tiene un carácter más elegíaco que celebratorio y una voracidad estética que no parece reconocer limites. Una obra minuciosa, seria, exhaustiva y desproporcionadamente ambiciosa de un músico que aún tiene sueños de grandeza.

    La ambición en sí no es realmente más que la sombra de un sueño. (William Shakespeare)

    Sergio Piccirilli

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