Leandro Ávalos Blacha: Berazachussetts

(Editorial Entropía)

Condujo inquieta, evitando las calles más transitadas, aunque eso significara demorarse un poco más en el breve trayecto. No dejaba de estudiar a su acompañante para comprobar que siguiera viva y tranquila. Al llegar al garaje del edificio, estacionó en su cochera y permaneció en el automóvil esperando a sus amigas. En un par de ocasiones, intentó que la mujer hablara y le contara quién era. Probó de todo: le ofreció agua, algo de comer y hasta le preguntó si quería escuchar alguna radio en especial. Ante su incómodo silencio, encendió el estéreo y puso su casete favorito: los grandes éxitos de Valeria Lynch. Trash instantáneamente se puso a emitir unos alaridos cargados de angustia que, no obstante su volumen, no llegaban a ahogar la voz que entonaba "Como una loba". "Si no te gusta pongo otra cosa", dijo Dora muy nerviosa buscando a tientas otra cinta. Le pareció descortés y exagerada la actitud de esa mujer, cuyos gritos llegaban a asustarla.

Pero en verdad a Trash no le molestó la canción, sino que sólo le hizo recordar la voz de una zombi amiga: Fiona… La había conocido en los Balcanes, junto con Nino y François, todos zombis encantadores… Se entendían de maravillas y hasta habían formado un grupo que tocaba canciones de ABBA en estilo gótico. La buena repercusión había sido inmediata. Llenaban bares, se divertían, consumían todo tipo de drogas y devoraban a algún fan tras cada concierto… Trash, sin embargo, había decidido abandonar el grupo meses atrás. Su momento de crisis había comenzado al notar que al juntarse con otros zombis crecía su necesidad de víctimas casi como por contagio. Y no se trataba de un problema ético, sino de un derrumbe físico. Quizás por el abuso de ansiolíticos e hipnóticos, algo en el metabolismo de Trash había cambiado. Ya no podía comer un dedo meñique sin engordar diez kilos. Durante un tiempo había ignorado el hecho porque era punk, zombi, y no le interesaba poseer la silueta que moldeaba la sociedad. Pero al llegar a los ciento cincuenta kilos la situación había cambiado, ya no podía ni moverse. Entonces se había montado en un barco para  buscar una vida ascética y desintoxicarse de sus costumbres. Las sucias vueltas de la vida la habían conducido a esta ciudad, a un auto donde escuchaba una voz tan similar a la de Fiona…

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