Cassandra Wilson: Como un átomo

Miércoles 20 de mayo de 2009 – 21:30 hs.
Teatro Gran Rex – Buenos Aires

Comenzaré este comentario realizando una confesión que, espero, no ponga en riesgo la salubridad del planeta y sus alrededores: siempre me ha interesado la Física. Sí, pero también es cierto que me da mucha pereza el aprendizaje de la misma. De la Física, digo; a la pereza la conozco bastante. No obstante, me seduce la manera en la que la Física puede hacerme quedar como un gil. Porque soy capaz de boxearme defendiendo a capa y espada (¿boxear a capa y espada?) que el resultado final es igual a la sumatoria de las partes. O sea: 2 + 2, da 4. Pero basta con que venga uno de esos barbudos, pelilargos y (seguramente) vagos y me diga: "no, joven… eso se da solamente si las partes se ignoran entre sí", para que primero enfurezca y luego me rinda ante la realidad del enunciado.
Yo no voy a andar explicándole a usted por qué no siempre 2 + 2 da 4; pero hay una buena y sencilla manera de entenderlo en el libro "El corazón helado", de la española Almudena Grandes. Y si no le interesa la Física, lea el libro igual, que es imperdible.

Otro tema que siempre me ha llamado poderosamente la atención fue el átomo. Que si bien por un lado tenemos que se compone de un núcleo de carga positiva formado por potones y neutrones… ¿cómo es que entonces la Real Academia Española lo define como "la cantidad menor de un elemento químico que tiene existencia propia y se consideró indivisible"?
Porque… está bien que con la aparición de la física nuclear se descubrió que puede subdivirse en partículas más pequeñas, pero… ¿qué hago entonces con la frase de Einstein: "Es más fácil desintegrar un átomo que un preconcepto"?
¿Es el preconcepto algo aún más pequeño que un átomo?
La entidad citada previamente no contempla la palabra "preconcepto" en su diccionario oficial; pero podemos afirmar que se trata de una idea preconcebida o un concepto previo. Algunos entendidos lo definen como la "posibilidad razonable de que algo suceda"
Pero no me distraiga del tema, por favor…

Veámoslo con algún ejemplo mundano. Si usted se sienta frente al televisor o se dirige al Cilindro de Avellaneda a presenciar un partido del Racing Club dirigido hoy por Caruso Lombardi, iría ya con el preconcepto de que el buen juego sería una quimera y de que sus jugadores derrocharán sudor (propio), sangre (en los rivales) y lágrimas (en los espectadores). Pero el talento, la habilidad y el buen fútbol, faltarán a la cita.
Esto tiene sus ventajas y desventajas. Por un lado, difícil que se sienta decepcionado; pero por el otro, corre el riesgo de realizar un juicio de valor erróneo, desacertado y tal vez injusto, por ir munido de los mencionados preconceptos. Así, una pifia por un mal pique del balón será atribuido a la poca destreza del player; y una finta maradoniana sera resultado pura y exclusivamente de la casualidad… o de un milagro.
Siempre fui partidario de que a la hora de escuchar un álbum, leer un libro o presenciar cualquier evento artístico, lo ideal sería no tene la menor idea previa de quién se trata para poder, así, evaluar con absoluta ecuanimidad y con el menor subjetivismo posible. No es fácil. Uno no puede andar aislándose de la vida parcial o totalmente así como así, por lo que hay que intentar realizar una suerte de diferenciación entre lo que a uno le gusta (o no) y lo que está bien (o no).

Cassandra Wilson se presentó por primera vez en Buenos Aires el miércoles 20 de mayo en el Teatro Gran Rex. Aquí mis preconceptos colisionan como si los protones y los neutrones de un átomo cualquiera (elíjalo usted, hay para regalar) estuvieran sobre-excitados, bebidos, drogados o todo junto. Considero que es una artista notable, una de las mejores cantantes de jazz de los últimos treinta años, priorizando sus cuestiones artísticas por encima de todo lo demás, fiel a sus raíces pero en una búsqueda constante y rodeándose, generalmente, de músicos notables.
Pero también debo reconocer que desde hace algún tiempo, sus álbumes son desparejos, ya sin tanta inclinación por el riesgo y repitiendo fórmulas que ella misma supo abordar previamente.

La sensual morocha nació en Jackson, Mississippi, Estados Unidos el 4 de diciembre de 1955; por consiguiente, el blues no le es ajeno. Todo lo contrario. Hija de papá músico, en los '70 incusionó como cantante y guitarrista en grupos folk y de rhythm and blues. En la universidad comenzó a interesarse por el jazz. En los '80 se unió al M'Base Collective y fue fundamental su vínculo junto a Steve Coleman & Five Elements. Debutó como solista en 1985 con Point of View, registrado para el sello JMT. En 1993 llegaría su álbum más logrado: Blue Light 'Till Down, una maravilla por donde se lo mire y se lo escuche y que marcó su debut para el sello Blue Note. Homenajeó a Miles Davis en el desparejo Traveling Miles de 1999, retornó a sus raíces bluseras en Belly of the Sun y su último álbum, Loverly, le valió obtener el Grammy.

Las aristas abordadas por la cantante desde sus inicios han sido numerosas y, de alguna manera, suele recurrir a cada una de ellas en sus entregas discográficas. Ha cantado standards, composiciones propias, clásicos del blues, el rock y el pop y temas tradicionales. Cassandra Wilson tenía para elegir. Y podía acertar o equivocarse, obviamente, pero… ¿sería ella… o una cantante más?

A las 21:55 hs. suben sus músicos, todos morochos: Herlin Riley (batería), Reginald Veal (contrabajo), Jonathan Batiste (piano), Lekan Balalola (percusión) y Marvin Sewell (guitarra y dirección musical). Extraños y percusivos sonidos, surgidos del contrabajo y la guitarra, se entremezclan libremete. Batiste aporta lo suyo metiéndose dentro del piano y jugando con las cuerdas del mismo. La percusión va ganando la escena. Veal le apunta a una melodía y todos lo siguen. Se escuchan algunos gritos tribales. Sewell muestra los dedos y el quinteto está afiatado para el ingreso de Cassandra Wilson. La elección de Caravan para el inicio ha dejado en claro algunas cosas. Ha marcado un rumbo. Ha establecido algunas pautas. Y dejó varias certezas. La cantante, interpreta. Luego, improvisa. Un notable ensamble del quinteto. Wilson se permite, ya desde el inicio, gesticular, bailar, aplaudir, cantar para sí misma, como si estuviera en su propio living. Sewell cambia de guitarra para un solo magnífico. Buen pasaje de Batiste y un sostén monolítico desde la trilogía Riley – Balalola – Veal. El tema de Ellington está incluido en Loverly, pero olvídense de lo que allí puede escucharse. Haber comenzado de esta manera puede transformarse en un problema. Luego de estos quince minutos (que bien pudieron ser el resumen de un concierto), había que seguir.

A Sleeping Bee nos trae a terrenos más conocidos. El quinteto se mueve con soltura dentro de un indisimulable y previsible aire jazzístico. Wilson sigue sonriendo, chasqueando los dedos, hablando por lo bajo con sus músicos. Ella encanta, la música no tanto. Buena intervención de Sewell. No mucho más.
Sigue otro tema de Loverly: Lover Come Back to Me, pero ya nos dimos cuenta de que eso es lo de menos. Buen comienzo a cargo de Riley con gran dominio de escobillas. Wilson ya se descalzó. A la breve intervención de la cantante, sucede una potente intervención de Batiste en piano mostrando digitación, humor, energía y cierto desborde. Riley vuelve a tomar protagonismo sostenido en buena forma por Veal.

El tradicional St. James Infirmary amenaza, desde el principio, con ser uno de los momentos de la noche. Sewell se monta al quinteto a sus espaldas y Cassandra Wilson parece estar en su salsa. Extraordinario arreglo que incluye un solo magnífico del guitarrista, una buena intervención de Batiste (moviendo la cabeza a la Stevie Wonder), el primer momento protagónico de Balalola y un swing grupal notable en pleno terreno funky. El dueto final a cargo de Sewell y Batiste fue antológico, terminando en fade y con el público ansioso por interrumpir con aplausos.
El primer tema no perteneciente a Loverly fue el clásico de Neil Young, Harvest Moon, que Wilson ya había grabado en New Moon Daughter. Aquí, exclusivamente acompañada por Sewell en acústica y unas tímidas notas de Batiste al piano; la cantante ha mejorado su propia versión y también la original, dicho sea de paso. La voz de Wilson suena abarcadora, cálida, impecable y perturbadora. Emocionante momento.
Volvemos a Loverly para la versión abolerada y cantada en inglés de Black Orpheus (en realidad Orfeo Negro), del brasileño Luiz Bonfá. Bien tocada, innecesaria, previsible, ovacionada y casi nada más.

Pero en Pony Blues, de Charley Patton, llegó la revancha. Un gran trabajo percusivo le permite a Sewell mostrar cuán bueno es. Blues urbano modelo 2009. La ausencia de Reginald Veal aquí es un gran acierto. El tema respira y permite apreciar a la mejor Cassandra Wilson y (quiero creer) un encantamiento general domina la sala. Que la versión dure una hora. No me opondría.
El cierre oficial fue con Till There Was You, composición de Meredith Wilson que supo formar parte de la comedia musical The Music Man y también del álbum With The Beatles, de un grupo que no recuerdo. A esta altura ya hace rato que Cassandra WIilson se adueñó del escenario y del teatro y probablemente ni tenga en cuenta del lugar donde está; la impresión es que canta para ella, pero nos llega a todos. La versión arranca flojita, pero es sólo una mala primera impresión. El quinteto va levantando temperatura, zurrada por una líder de verdad, que luego de presentar a sus músicos se retira dejando al grupo sonando en una coda contagiosa de la que también participa la audiencia. Se van retirando de a uno sin que Till There Was You deje de sonar y tener sentido. El último en retirarse es Balalola, con un shékere, como para que el final se funda con la ovación general.
El bis no fue el anunciado Dust My Broom, sino Arere. Sewell, con acústica y sonando como una lap steel; Veal, al bajo eléctrico. Luego retomarían sus instrumentos principales. Y Sewell realiza una extraordinaria intervención con ribetes que, por momentos, recordaron a Dave Fiuczynski. Cassandra Wilson parece feliz sobre el escenario y no hay motivos para pensar lo contrario. Se retira dejando nuevamente al quinteto sin su compañía para el final. No hay saludo de rigor. No hacía falta.

Al principio hablábamos del átomo y su indivisibilidad que no es tal y de los preconceptos. Muchas personas me han hecho llegar sus pareceres sobre el concierto. Con algunos he coincidido, con otros no. Unos la notaron "pasada de rosca, como drogada", otros se decepcionaron porque "fui a escuchar a la Cassandra de Blue Light 'Till Down y no la encontré".
Lo que puedo decir desde aquí es que, para este escriba, Cassandra Wilson ha realizado un concierto notable demostrando que es una artista integral donde los rótulos pasan de largo. Su disfrute fue el mío. Y si bien la gran mayoría del repertorio ofrecido perteneció al desparejo Loverly, es hora de decir que no importa lo que Wilson interprete. Es mucho más importante la manera en la que aborda esas composiciones. Que en este caso fueron ajenas. Pero que las hizo increíblemente suyas.
Cassandra Wilson es una cantante de jazz y demostró que, al igual que un átomo, contiene en sí misma elementos hasta opuestos. Y cuando parecía que el mundo de las cantantes de jazz no tenía otro camino, vino a revitalizarlo creando un estilo en sí misma.
Un átomo, ahora se sabe, no es indivisible; pero sí irreemplazable.
Como Cassandra Wilson.
Y a pesar de los preconceptos.

Nota: Fotos de Cassandra Wilson cedidas más que gentilmente por Pablo Mehanna

Marcelo Morales

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