• Tori Amos: La primera piedra

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    Greek Theatre – Los Angeles, California (U.S.A.)
    Viernes 17 de Julio de 2009- 20:00 hs.

    En el marco del Sinful Attraction Tour llegó a la ciudad de Los Angeles la cantante y pianista Tori Amos acompañada por el bajista Jon Evans y el baterista y percusionista Matt Chamberlain para presentar el material de su nuevo álbum: Abnormally Attracted to Sin.
    Tori Amos ha logrado ocupar un merecido lugar de preeminencia en un campo tan sinuoso y hostil como el de la música pop; territorio en el que la amplitud de la oferta artística manifestada, a veces parece ser inversamente proporcional a la demanda de creatividad y originalidad. En sus orígenes, el término música pop (apócope de música popular) surgió para describir aquello que resultaba contrario a la música de culto o a la música clásica; incluso se decía que el pop no reunía características musicales concretas como para ser catalogado un género musical. La confluencia de intereses comerciales, la masiva aceptación del público y la independencia y talento de algunos de sus cultores, hicieron finalmente que el pop se liberara del sentido peyorativo al que se lo vinculaba permitiéndole alcanzar el status de género musical consolidado.

    En esencia, la propuesta de Amos no se aleja de los parámetros del formato canción y, al margen de la instrumentación y tecnología aplicada para su desarrollo, se apega a estructuras instrumentales características del pop: predominio de la melodía de voz sobre el resto de los instrumentos, apego a la secuencia “verso-estribillo-verso”, sencillez en el modo de ejecución y mantenimiento de un clímax de fácil asimilación.
    No obstante, sería un despropósito obviar que las principales virtudes de Amos no proceden del anclaje a las habituales herramientas utilizadas por el pop, sino que se encuentran implícitas en el mensaje contenido en algunas de sus canciones y, fundamentalmente, por la forma en que ese mensaje es expresado y canalizado.
    A pesar de que su despareja discografía ofrece momentos notables como Boys for Pele, Little Earthquakes y Under the Pink (el orden corre por mi cuenta), el lugar en donde mejor se enuncia el imaginario estético de Tori Amos es en el escenario; y aquellos que han asistido a algunos de sus conciertos, saben a qué me refiero.

    Por lo tanto, a la hora de asistir a uno de sus shows, no debe ser motivo de preocupación que su discografía más reciente haya sido de tono menor o que su aspiración por otorgarle a sus últimos álbumes un carácter conceptual luzca excesivamente pretenciosa. Inclusive, en ese vaivén existente entre la producción discográfica y su representación escénica, nos pareció natural que la gira de Abnormally Attracted to Sin (Anormalmente atraída al pecado), al trasladarse al escenario, dejara de ser “anormal” para adquirir el liberador rótulo de Sinful Attraction Tour (Atracción pecaminosa).
    La alusión al pecado no es algo novedoso en Tori Amos; basta con mencionar que, de sus últimas cuatro giras, tres han incluido la palabra pecado en su denominación. Así ocurrió en ocasión del Original Sinsuality Tour (juego de palabras entre sensualidad y pecado), en el Summer of Sin Tour (Verano de pecado) y ahora con el mencionado Sinful Attraction Tour (Atracción pecaminosa).

    El pecado es la transgresión voluntaria de un precepto tenido por bueno. De todas maneras, en el inconsciente colectivo se ha impuesto la idea expresada por la religión que se basa en catalogar al pecado como delito moral y ofensa a Dios. Desde esa perspectiva a los pecados se les asigna mayor, menor o (como ocurre en mi caso) ningún castigo. Los pecados tienen una especie de Ranking Top Seven llamado los Siete Pecados Capitales que, de acuerdo al orden usado por San Gregorio Magno y después por Dante Alighieri en La Divina Comedia, comprenden a la lujuria, la gula, la avaricia, la pereza, la ira, la envidia y la soberbia.
    A causa del cuarto pecado de la lista (¡?), no explicaré en este momento qué implica cada uno de ellos a excepción de la lujuria. Por dos buenos motivos: uno, debido a que en eso se funda la relación que hace Tori Amos con el pecado; y el otro, porque la lujuria incluye pensamientos o deseos obsesivos de naturaleza sexual y, como ya sabemos, el sexo no es menos importante que otras cosas. Es más importante.

    El pecado se rige por principios normativos que se fundan en la existencia del bien y el mal. De hecho, Adán y Eva vivían en el Paraíso porque no sabían nada sobre esos dos conceptos, pero en cuanto lo supieron no tuvieron más opciones que mudarse.
    La vida sin pecados no sería la misma. Un viejo cuento jasídico relata que Dios, a pedido de un grupo de sabios cabalistas, suprimió el pecado por 24 horas y la consecuencia fue que todos los estudiantes de la Cábala, el Talmud y la Tora se quedaron dormidos sobre las sagradas escrituras. Sin pecado, hasta Dios se aburriría. Los pecados deben confesarse, ya sea para obtener el perdón o para recibir su correspondiente castigo. En ese sentido, surge una interesante relación entre confesión y psicoanálisis, ya que en ambos encontramos a individuos agobiados por dificultades que acuden a una persona calificada en busca de ayuda.

    Este tema fue abordado oportunamente por Freud, Lacan y Otros. Para ser más precisos: Sigmund Freud, Jacques Lacan y… Juan Carlos Otros. Ellos fueron los que llegaron más lejos en los análisis sobre este tema, a diferencia de otros (no Juan Carlos). Sin embargo, Otros (ahora sí, Juan Carlos) tuvo que abandonar la cuestión por problemas familiares, o sea que Otros tuvo otros problemas con otros Otros.
    Lo cierto es que las similitudes de origen entre confesión y psicoanálisis ofrecen ligeras diferencias. Mientras el penitente busca el perdón de sus pecados, quien acude al psicoanálisis pretende sanarse. La confesión requiere una declaración de culpabilidad y sincera contrición, en tanto que en el psicoanálisis no hay juicio sobre la conducta y sólo se busca liberar al paciente de sus complejos psíquicos; pero, a mi modesto entender, la diferencia principal radica en que el sacerdote no cobra por confesión mientras que el terapeuta (aunque suene contradictorio) lo hace religiosamente.
    Claro está que el diván es muchísimo más cómodo que un confesionario.
    La elección entre la confesión y el psicoanálisis, incluso ante un mismo hecho, siempre dependerá de las propias creencias y convicciones. Por ejemplo, recuerdo el caso del pecaminoso y traumático romance entre un granjero y su oveja. Abrumado por la culpa ante el hecho consumado, el animal (nos referimos al granjero) recurrió al confesionario mientras que la oveja fue al psicoanalista. No puedo aseverar cómo concluyó la historia, pero la última noticia que tengo al respecto es que el psicoanalista término yendo al confesionario con la oveja que, dicho sea de paso, era preciosa.
    Y ya que estamos hablando de eso (me refiero a la dicotomía entre confesión y análisis, no a la oveja) digamos que el tono confesional con el que Tori Amos asegura tener “una atracción pecaminosa” o sentir una “anormal atracción al pecado”, tal vez no exprese una búsqueda de redención penitente sino la aceptación de sí misma y la superación de un trauma de la psiquis originado en la rigurosa educación religiosa que recibió. Al fin y al cabo, quizás su presentación nos ayude a develar el misterio.

    El concierto da inicio con Give, tema que abre Abnormally Attracted to Sin. Una inquietante balada con oscuras texturas electrónicas provenientes del nuevo juguetito que Amos incorporó a su ajuar: el sintetizador. Rápidamente las dudas (¿cuáles?) se disipan ya que el aparatito sólo es utilizado para extender las opciones tímbricas y para reemplazar las partes de guitarra incluidas en el álbum. La base suena poderosa y convincente y la voz de Tori Amos se encarga del resto. Creo que para evitar caer en el lugar común de “aquí en versión muy superior al original” u otras similares, lo mejor será coserme la boca. Luego ofrece una irrefutable relectura de Siren, composición que Amos aportara a la banda sonora del film Great Expectations. Los primeros acordes de Cornflake Girl, del álbum Under the Pink, desatan un aquelarre en el auditorio. Nada puedo decir sobre la versión ofrecida (no se olvide que me cosí la boca y sobre todo recuerde para qué lo hice). Seguidamente llega Icicle, también de Under the Pink, que Amos aprovecha para desplegar su habitual rutina de mohínes y gestitos provocativos que nos dejan dudando entre concurrir al confesionario o al psicoanalista. Mientras reflexiono por cuál me decido, llegan las impecables entregas de Sugar del álbum To Venus and Back y Marys of the Sea de The Beekeeper. El cierre del primer segmento del show empalma Bells for Her de Under the Pink, Carbon de Scarlet’s Walk y una exaltada y ardiente versión de Liquid Diamonds de From the Choirgirl Hotel.
    Tori regresa para ofrecer, en compañía de su piano, una mágica sección acústica que incluye Mary Jane del último álbum, Jackie’s Strength y China, de Little Earthquakes.

    Con la banda en pleno aborda dos composiciones de Abnormally Attracted to Sin: las intrascendentes Curtain Call y Fast Horse para luego poner las cosas en su lugar a través de fantásticas versiones de Space Dog de Under the Pink, Mother Revolution y, muy especialmente, Precious Things de Little Earthquakes en la que Amos enfatiza con furia la frase “puedes hacerme acabar, pero eso no te hace Jesús”. El cierre será con Strong Black Vine, “aquí en versión muy superior al original”, etc., etc., etc. Interminable ovación. Regresan para los bises con Police Me, luego la agitada Big Wheel de American Doll Posse y, por último, una descomunal entrega de Tears in Your Hand de cuya letra nos queda resonando “te digo que hay partes de mí que nunca has visto”. Y es cierto, lamentablemente.

    Los pecados son actos voluntarios y conscientes, mientras que los complejos de la psiquis suelen provenir del inconsciente. En ese juego de interpretaciones opuestas, Amos parece haber creado un personaje ambivalente que reúne confesión y psicoanálisis. Como si pretendiera liberarse del pecado para arrojar la primera piedra.

    Sergio Piccirilli

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