Scott Henderson Blues Band: El Guardaespaldas De Scott

Teatro ND/Ateneo, Buenos Aires – Argentina
Lunes 20 de noviembre de 2006 – 21:00 hs.

HendersonUn sentimiento de suma ambigüedad nos atravesaba en la previa de la presentación del guitarrista Scott Henderson. En su visita número no sé cuánto (solo, con Tribal Tech, como líder de su proyecto bluesero…), lo acompañarían nuestros conocidos John Humphrey en bajo y Kirk Covington en batería. Pero, finalmente, este último no fue de la partida y sería reemplazado por Alan Hertz.
¿Y entonces?
Que entonces nos sentimos como un DT de fútbol al que el técnico rival le cambia un jugador (y el esquema) minutos antes de comenzar el partido.
Estas situaciones imprevistas generalmente no llegan a buen puerto, navegan a la deriva (el otro día apareció un chiste gráfico notable: un náufrago en una isla se preguntaba cómo meter un e-mail en una botella) y son moneda corriente (aunque en los últimos tiempos mucho menos) en nuestro país, donde algunos vienen simplemente a cumplir, con proyectos inexistentes, tocando con músicos locales, con escaso ensayo y así las cosas.
Estábamos comprobando que las uñas no nos crecían de manera proporcional a nuestras mordeduras, cuando a las 21:10 hs. sube al escenario el guitarrista argentino Diego Mizrahi, músico de estirpe rockera y cuyas actividades parecen ser infinitas, ya que graba y edita discos, brinda conciertos, tiene su escuela de rock, realizó algunos videos instructivos, posee programas de televisión, escribió varios libros…
Y fue el número de apertura.

MizrahiUn quinteto: dos guitarristas, un bajista, un baterista y una tecladista. Los nombres se los debemos: Mizrahi los anunció muy velozmente y de manera poco clara. Empiezan a tocar. El sonido y la propuesta son potentes. El volumen, altísimo. Los temas fueron cinco. Al finalizar el segundo, ya tenemos algunas conclusiones: mucha violencia sonora, arreglos previsibles, los músicos que se divierten y yo con la irrefrenable necesidad de tomarme una aspirina.
Hacen un cover potente de Bésame mucho (instrumental), que no agrega y más bien… no… menos bien. Siguen con el típico lento que me hizo acordar (disculpen) al Bolero de Sueter aunque con (muy) diferentes intenciones. Y el cierre llega con el sutilmente titulado Pateame el orto. El quinteto tocó durante media hora.
Bueno… a ver… no lo conozco personalmente a Mizrahi. Sí a gente que lo ha tratado y parece que el tipo tira de la buena. Pero lo que ha ofrecido con su grupo arriba del escenario ha sido algo que un servidor se cansó de escuchar y que, subjetividades mediante, no me produce el menor atractivo. Mizrahi tiene toda la estirpe del guitar hero y da la sensación de que puede hacer con el instrumento lo que se le ocurra. El tema es que con eso solo no alcanza…
No entendimos la propuesta, la idea, el sentido… otra vez será.

A las 21:55 hs. sube el trío de Scott Henderson.
HendersonAutomáticamente pide que prendan la luz para ver a la gente. Está ansioso, hiperquinético, con ganas de tocar. El guitarrista nos cae bien. Siempre ha mostrado una gran predisposición, tanto arriba del escenario (tocando) o abajo (en entrevistas o charlas informales). Aunque con resultados disímiles, presenciar sus conciertos siempre ha sido garantía de buenos momentos. A veces más, a veces menos. En esta ocasión venía a tocar blues. No es la veta que más nos acomoda y ya lo habíamos visto en ese plan. Sus dos primeros discos en ese estilo (Dog Party y Tore Down House) han tenido momentos muy interesantes; pero sus últimas entregas, Well to the Bone y el doble en vivo Scott Henderson Live, despiertan muchas dudas.
Y además, esa situación de ambigüedad de la que hablábamos al principio…
Se sabe que ambigüedad es sinónimo de vacilación, incertidumbre o duda. Y si bien no estábamos vacilantes, no dudábamos de nuestra incertidumbre.
No vino Kirk Covington, ésa era la cuestión. El querido gordo es una decidida bestia de los parches y destila desde su set no sólo una andanada de golpes ametrallantes, sino también muchísimo humor. Pero es el encargado de la voz líder en los proyectos de Henderson.

¿Y entonces?
Que por un lado Covington siempre te asegura una alegría; por el otro, teníamos la posibilidad de ver a su reemplazante Alan Hertz… que no canta.
¿Y entonces?
Que por un lado sí, pero por el otro… no.
¿Y entonces?
Que nos aventuramos a predecir que habría menos blues y que Henderson se vería obligado a tocar más y, por supuesto, otras cosas.
¿Y entonces?

John HumphreyQue el comienzo fue con All Blues, de Miles Davis.
La verdad… inesperado. Y mientras Humphrey desarrolla su solo, Henderson no para de tirar sutilezas. Pero quien empieza a sorprendernos gratamente es Alan Hertz, con ductilidad, potencia, precisión y muchos recursos. Todos al servicio de la música. Unos 15 minutos después, el banquete se ha servido. Casi sin pausas, arremeten con Meter Maid, realizado prácticamente a dúo de guitarra y batería y, por supuesto, con el guitarrista disimulando la ausencia de cantante. El concierto empieza a transitar por caminos inesperados y atractivos. Olvídense del típico concierto de “blues cabeza”; no señor. Henderson está en una noche inspirada. Devil Boy se transforma en un blues deforme más cercano al rock. Humphrey, tan estático como insulso, cumple con su rol pero no le pidan horas extras. El Scott resulta un placer para la vista y los oídos aunque el show por momentos decaiga y se instale en cierta intrascendencia. Pero siempre lo tenemos a Hertz para apostarle unos porotos.

En Sultan’s Boogie, por ejemplo, larga una andanada percusiva demencial sobre la que el más que bueno de Henderson tira líneas arabescas. Inmediatamente, el guitarrista quiere darnos un respiro con el típico lento previsible. Rituals, más que darnos un respiro, nos provoca un par de bostezos.

Pero el segmento final es para la vuelta olímpica.
Alan HertzHell Bent Pup se transforma en uno de los momentos más ricos de la velada, con un Hertz (sí… ¡otra vez!) insuperable. Hillbilly In the Band (una suerte de country que… a ver… como si a Willie Nelson y a Kenny Rogers les hubieran metido una descarga de 138.000 volts) sigue elevando la temperatura. El cierre es con el tremendo Dolemite, de Tore Down House, convenientemente deformado y ratificando que el trío puede hacer olvidar los teclados y los caños de la versión original.
Se van, pero vuelven para un único bis.
Recurren a Hole Diggin’, de Dog Party, primer álbum solista de Henderson. La gente reconoce inmediatamente el tema y comienza a imitar el ladrido de un perro (porque en el CD ladra un perro…). Ante esta ocurrencia generalizada, el guitarrista… ¡y Humphrey! sonríen. La versión es apabullante, como para no pedir más a pesar del insistente “ole, ole, ole, oleeee… Scott… Scott…” que baja desde las gradas.
Final. Ciento diez minutos de concierto.

Scott HendersonHay que decir que el show fue, a pesar de algunos momentos intrascendentes, muy atractivo.
El trío sonó ajustadísimo a pesar de la apatía de Humphrey que, insistimos, toca correctamente pero tiene menos onda que una hoja canson. Henderson no se privó absolutamente de nada, hasta se permitió jugar con una suerte de “Scott-tronics” (los conocedores de Robert Fripp saben a qué me refiero) y siempre destiló humor y fervor en dosis no homeopáticas.
Y estuvo Alan Hertz.
¡Qué baterista!
Querido Covington (apellido de heladera, ¿no?), tu espalda ha sido más que bien cubierta.
Y eso que más que espalda, el Kirk tiene un Transmix con acoplado.

Ah… resumiendo… la pasamos bárbaro.

Marcelo Morales.

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