Gustavo Bergalli
Vamos a hacer un poco de historia. No es que quiera ir en contra de su coquetería, pero… ¿qué edad tiene… más o menos?
Te digo: menos que más (y larga la carcajada). Tengo 66, nací en 1940 en el barrio de Palermo; luego me mudé a Olivos y de ahí a Suecia. Mi familia luego se trasladó a Loma Hermosa (partido de San Martín, Provincia de Buenos Aires). Y esa parte de la historia me la perdí…
Yo que usted lo hubiese pensado… entre Suecia y la Loma… (carcajadas) ¿Y cómo se le dio y por qué la trompeta, el jazz…?
Yo tenía tres años y tocaba la armónica. Y no tenía ningún pariente músico. También dibujaba y pintaba. Empecé a “rascar” la guitarra a los 6 ó 7 años. Y con unos chicos amigos formamos un grupo folclórico. Y a los 9, mi hermano, 5 años mayor que yo, se apareció con dos discos de Louis Armstrong con los Hot Five. Y me dijo “mirá pibe, escuchá, ésta es la verdad”. Cuando lo escuché, además del nacimiento de mis hijos y de alguna que otra circunstancia por el estilo, fue la trompada más grande que recibí en el corazón y en mi mente. A esa edad dije: “éste es mi instrumento y ésta es la música que me va a acompañar durante el resto de mi vida”.
Ya de chiquito era cabezón, eh… (risas)
Ni Mongo me iba a cambiar eso. Yo le sacaba la perita a la bocina de la bicicleta y con eso tocaba sobre los discos de Armstrong. Luego les pedí a mis padres que me compraran una trompeta pero no quisieron. Entonces fui casa por casa a pedirles plata a los vecinos para poder comprarme una (risas). Y me daban… y me compré un fliscorno viejísimo, me alcanzó para un instrumento hecho bolsa. Para mis viejos, cuando les conté, fue una vergüenza. Y seguía tocando sobre los mismos dos discos. Hasta que mi padre me dijo que me compraba una trompeta si yo iba a estudiar. Y le dije que sí. Y tomé unas clases con Horacio de la Roca que me sirvieron muchísimo, pero después me cansé un poco de las cuestiones teóricas y no fui más. A los 11 ó 12 años formamos con los vecinos un grupo en guitarra criolla, bombo legüero y fliscorno. Y tratábamos de tocar los temas de Armstrong. Después armamos otro grupo, Real Garden Jazz Band, donde hacíamos temas de (Jelly Roll) Morton; estaban Oscar Marziani, Héctor Furst y otros y ahí se largó la carrera. En medio de esto, ingresé a los 13 años a Bellas Artes y me recibí a los 20. Después empezamos a tocar cosas de Eddie Condon. Y volvimos a Armstrong pero a la época de los All Stars. Hasta que a los 18 escuché a Clifford Brown y me voló la tapa de los sesos. Armstrong y Clifford fueron las mayores influencias de mi vida. Ahí me di cuenta de que tenía que estudiar porque el estilo de Armstrong era muy diferente al de Clifford. Me agarró un bajón espantoso; estuve un año
solamente estudiando. Y poco a poco me empecé a relacionar con la gente del jazz moderno, con Rodolfo Alchourrón, con el Negro González, con Baby López Furst, Pocho Lapouble… y a los 20 años hicimos un trío con Alchourrón y Rodolfo Mederos. Intentábamos fusionar el tango con el jazz. Pero ni el jazz estaba tan abierto ni el tango… Nos costaba mucho; ni lo llegamos a tocar en público. La parte rítmica, sobre todo. Pero yo quedé muy sellado con eso. Y en ese momento sufrí una crisis… pero a lo mejor vos querías que te contara otras cosas…
Usted hable tranquilo…
(Con mirada pícara) es que estoy muy nervioso… (risas). Tuve una profunda crisis musical; me preguntaba por qué tocaba jazz y no la música de mi país. Hasta que una noche vi un programa de televisión en el que le estaban haciendo una nota a Ernesto Sábato. Y me impactó todo su razonamiento y poder de síntesis. Al día siguiente, me tomé el subte y ahí, parado… Sábato. Entonces me acerqué, le pregunté si era él y le conté que lo había visto la noche anterior y que había quedado muy impresionado. Él me agradeció. Entonces le dije que necesitaba hacerle una consulta; me dijo que cómo no… que le preguntara… Y ahí le dije “yo soy músico de jazz, pero estoy pasando por una crisis muy profunda: me estoy preguntando por qué toco jazz y por qué no tango, por ejemplo”. Y él me responde: “Mire, el jazz es música del pueblo. Como tal, sale del alma; y todo lo que sale del alma, es universal. Discúlpeme, pero me tengo que bajar”. Y se bajó y me dejó con la boca abierta por el resto de mi vida. O sea… Sábato me solucionó un problema. Pero igualmente siempre me quedó el tema del tango; y el folclore también. Lo argentino era el tema… Pero más es con el tango, tal vez porque al ser de Buenos Aires…
Y desde el envión Sábato no paramos más…
No paramos más. Ahí empecé a relacionarme con músicos de tango, se armó Quinteplus, tocábamos cosas folclóricas; estaba el Negro González, un tanguero pero con mucho folclore encima. El Negro tiene un acercamiento hacia la música muy lindo… tenía ese trío con Eduardo Lagos y Lapouble del que lamentablemente hoy nadie habla y era tremendo… Un grande el Negro… Y después me metí con el rock, grabé en el primer disco de Almendra y cuando se disolvieron hicimos un grupo con Molinari, Héctor Starc, Spinetta y Rodolfo García. Tocamos en BA Rock; el grupo se llamaba algo así como “La rata podrida del blues”. O sea que fui el primer trompetista del rock argentino. Yo tenía una trompeta electrónica; tenía un Octavoice y un micrófono conectado a la boquilla. Entonces podía hacer sonar trompeta y trombón, trombón, trompeta y píccolo… y fue bárbaro. Después participé en “Sanata y clarificación”, con Rodolfo Alchourrón; y con Litto Nebbia. Entonces, fui criticado por los músicos de jazz; decían que estaba “disperso”. Y largué todo. Pero hace poco me encontré con Rodolfo García y le dije “hagamos el grupo otra vez”. Y lo iba a charlar con Spinetta, así que… quién te dice… (risas).
¿Qué otra cosa se le está quedando afuera?
Ah… hicimos el primer grupo de free jazz de la Argentina. Estábamos Bernardo Baraj en saxos, Adalberto Cevasco en bajo eléctrico, Tony Harris (después Néstor Astarita) en batería y yo en trompeta, por el año ’65 ó ’66. El grupo se llamaba Buenos Aires Jazz Quartet y teníamos un éxito… la pasábamos fenómeno y la gente también. Hicimos presentaciones en el Instituto Di Tella, porque yo soy de esa generación y el Di Tella era como tocar el cielo con las manos. Hice música eléctronica también con Francisco Kröpfl, Gandini y toda una música muy especial que había escrito Kröpfl con relojes, campanas… una experiencia muy rica y estoy muy agradecido por todo lo que pude hacer.
Después, con 18 años iba seguido al boliche Jamaica; estaban Baby López Furst, el Gato Barbieri, Fats Fernández… y como yo era menor, a veces me dejaban pasar. Ahí, en el Jamaica, tuve la posibilidad de tocar con Kenny Dorham; él borracho y tocando como los dioses y yo al lado, toda la noche tocando. Al terminar, Dorham se levantó como pudo, me dio una palmadita en el hombro y me dijo “continúa así”. Y eso lo tengo bien guardado en el corazón. Después hubo un grupo con el Negro Rada. Grabamos un disco que lo editaron en Uruguay, pero la verdad es que nos puentearon. El manager se quedó con el master, lo vendió a Uruguay y ahí lo editaron como si fuera un álbum de Rada. El grupo se llamaba S.O.S.: Southern Original Sounds. Y después me fui a Suecia.
¿Y por qué se fue… y por qué a Suecia?
A Suecia por varias razones. Lo de irme era un proyecto que tenía hacía mucho tiempo para vivenciar otras cosas. No fue por motivos políticos, sino artísticos. Y muchos de los músicos que estaban con Rada se fueron a Suecia. Allá estaba (el trompetista) Américo Bellotto. Y me decían que Suecia era un paraíso. Allá tienen una música folclórica muy linda, pero no una música como para nosotros puede ser el tango o para los EEUU el jazz. Entonces adoptaron al jazz como “su” música. Y la historia que tienen es riquísima. Era un país que no había entrado en ninguna de las guerras mundiales; y ya después de la Primera Guerra Mundial empezaron a ir muchos músicos de jazz estadounidenses para allá, a tocar, a grabar… Charlie Parker en el único país que grabó, además de los Estados Unidos, fue en Suecia. E iban todos; algunos incluso residieron allí durante mucho tiempo, tuvieron hijos, formaron familias… te puedo nombrar a Quincy Jones, Bill Evans, Miles Davis, Stan Getz, Elvin Jones, Bud Powell… y había un ambiente de jazz espectacular. Además, por intermedio de Américo (Bellotto) yo recibí un contrato de trabajo con un sueldo que me permitió irme con algo en la mano. Yo tenía esposa y dos hijos y no podía irme a la aventura del “ver qué pasa”. Suecia me daba esa tranquilidad y una garantía de trabajo con dinero asegurado. Esto fue en agosto del ’75.
