Mentime Que Me Gusta: Glenn Hughes

Teatro ND Ateneo – Buenos Aires
Domingo 21 de Octubre de 2007 – 19:00 hs.

Nota preliminar: Si usted, como yo, no se fija si hay banda soporte… se come una espera de dos horas y media para ver el show que quiere ver. La banda soporte fue milagrosamente soportable, un clon vernáculo de Dream Theater llamado Eilydion.
A las 21:20 hs. ingresaron a la cancha Glenn Hughes y compañía.

Este show revivió en quien escribe una controversia interna en referencia, primero al rock y segundo a los shows en Argentina. Empezando por el final, les digo que me divertí; ahora… ¿fue un hecho musical relevante? No, para nada…

La cuestión tiene que ver con una simple pregunta: ¿por qué, en el rock, suele haber tanta diferencia de calidad entre el estudio y el vivo? Creo que el problema histórico es la dicotomía entre potencia y calidad de sonido, lo que nos lleva al tema de los shows musicales en este país. Es evidente que por cuestiones de costos, son muy pocos artistas los que viajan con sus propios equipos y personal; a lo sumo traen sus técnicos y algunos equipos claves. Durante los noventa tuve la suerte de presenciar en la Argentina shows idénticos a los que se podían ver en Europa o EE.UU. de artistas muy demandantes de sonido. Desde que no traen sus propios equipos, el sonido de los shows que me ha tocado ver ha sido malo en relación a lo que el artista necesitaba. Actualmente los rockeros extranjeros graban en condiciones extraordinarias, lo cual ha llevado a una mayor complejidad sonora; y lo que aquí se les provee, no es lo adecuado. Este concierto es un claro ejemplo esto.

Si yo fuera una otrora estrella del firmamento rockero, me quedo a vivir en la Argentina o por lo menos volvería todos los años. Para el carismático cantante y bajista Glenn Hughes esto puede ser una bendición o una maldición. Lo puede desatar completamente y que este ida y vuelta lo potencie y dé lo mejor de sí; o, si el fanatismo es extremo, permitirle hacer cualquier cosa y festejársela. Esta línea es muy delgada y sumamente compleja para el artista. En este show pasaron las dos cosas: un artista desatado y un público insoportablemente condescendiente.

Hughes siente la gloria de antaño y en Buenos Aires lo tratan fenómeno; esto hizo que convierta una sala de alrededor de ochocientas personas en un pub. Lamentablemente, esta idea de pub con amigos se trasladó al escenario, a pesar del profesionalismo claro que denota Hughes en todo lo que hace. La conjunción pub con amigos y sonido del tercer mundo, junto con un técnico de sonido (traído por el artista) que se relajó demasiado con el clima festivo, conspiraron con la calidad artística del show que se convirtió en “vamos a ver a un amigo y a reírnos un rato”. De su material solista hizo poco y nada, solamente cuatro temas, dos desde Soul Mover y dos desde su último disco y el que debería haber sido el eje de este show: Music for the Divine. Sin embargo tengo que agradecer esta decisión de basarse en sus hits con Deep Purple. Esto salvó el show, porque los viejos temas son a prueba de mal sonido. Estos clásicos de la banda fueron compuestos y grabados con una tecnología casi de las cavernas y muchas veces tenían que ser tocados en condiciones aún peores, así que…

Getting Tighter, Stormbringer, Keep on Moving, una caótica versión de Burn en los bises (con la gente gritando más fuerte que el sonido de la banda) y Mistreated fueron los clásicos elegidos para beneplácito de un público anacrónico y poco exigente. Cabe decir que Mistreated, con un buen cantante, es imbatible. Hizo una versión larguísima con zapadas en el medio, al igual que en Getting Tighter y Keep on Moving; estas improvisaciones colectivas e individuales fueron las que salvaron un show caótico hasta en los momentos que no debía serlo. Pasaron solos de todos los músicos de la buena banda que trajo, pensada más para su sonido actual que para los clásicos: el guitarrista noruego J.J.Marsh, el baterista de color (negro), Steve Stevens y el tecladista Ed Roth.

El guitarrista toca realmente bien y es la base del sonido actual de Hughes, un guitarrista de rock con todas las letras, clásico y de muy buena técnica, Stratocaster y Marshall. El fuerte de Stevens y de Roth, en cambio, es el funk y el soul que, mezclado con el rock, hacen al sonido de los dos últimos discos. De todas maneras Stevens, sin brillar, dejó claro lo que un profesional debe ser; en todo momento, y a pesar del altísimo volumen y baja calidad de sonido, se escuchó cada golpe que dio a base de técnica, precisión y potencia. Además navegó muy bien aguas que, sospecho, no le son habituales. El único problema lo tuvo con Burn, tema tramposo si los hay para bateristas por esos rolls (rulos) furiosos, sincopados y a todo volumen, aumentado desde la consola a causa del griterío de la gente. A Roth se lo escuchó poco debido a la selección de temas, que estaba bajo en la mezcla y que su función en la banda era precisamente dar color en los momentos más tranquilos, que escasearon. Justamente los temas nuevos eran los más demandantes de las dotes de Roth, pero nuevamente el sonido no ayudó. La mezcla de hard-rock y funk-soul implica muchos matices de sonido en cada parte de los temas y entre las diferentes secciones de los mismos. La verdad es que fueron tocados muy bien, pero por lo apuntado se perdieron arreglos, detalles, riffs superpuestos, teclados de base, etc, etc… Los temas nuevos fueron Soul Mover, Steppin´ On, You Got Soul y Don´t Let me Bleed.

Realmente me gustaría poder escuchar a Glenn Hughes en otras circunstancias. Comentó en uno de sus muy entretenidos e informativos comentarios, que su último disco se vende muy bien en Europa, lo cual me hace pensar que el show por esos sitios debe ser bien distinto. Esta idea de pub con amigos sumado a su histrionismo característico, lo llevó a contar todo tipo de historias personales, buenas y malas, junto a datos y hechos que por estar tan lejos en distancia y tiempo… nos perdimos. Tiene la voz milagrosamente intacta; sin embargo lo que más le festejaba la audiencia eran sus alaridos. Maneja muy bien a la gente, como si tuviera una trayectoria de casi cuarenta años…
El asunto es que también se deja manejar; es claramente un crowd-pleaser, e igualmente un profesional de aquellos. Canta y toca como los dioses y hasta le busca nuevas vueltas de tuerca a su sonido de bajo, utilizando wah-wah y sonidos sintetizados. Con el instrumento no es un virtuoso, pero tocando hard-rock debe haber pocos que conozcan el estilo como él: sabe todos los yeites y cuándo usarlos. En la mezcla estaba demasiado adelante, lo que además de desbalancear el sonido general de la banda, lo exponía mucho y en ningún momento erró una nota. Para tocar rock lo quiero cualquier día en mi equipo. Como cantante es muy bueno, pero me gustaría haber podido apreciarlo mejor.

El petiso (sí… es petiso y flaco) sabe que caminó demasiado en la cuerda floja y que su presente es un milagro y disfruta de su nueva vida, que tiene menos de veinte años, con todos sus sentidos.

Otra particularidad es que sus discos no se consiguen en Buenos Aires, salvo la edición brasileña de Soul Mover, que tampoco estaba disponible en el stand de venta de discos en el hall del teatro
Prometió estar de vuelta el año próximo y tocar temas nuevos; hasta él sabe que hay un límite, pero seguramente su público en Argentina no.
Una lástima.

Federico Larroca

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *