Enrique Norris
Y lo mismo debe suceder al revés…
Sí… probablemente sea similar. Tal vez nuestros sonidos les resulten muy vacíos.
Vacíos…
Claro… como si alguien que está acostumbrado a ver una cierta cantidad de colores, de pronto se encuentra viendo una menor cantidad de esos colores. Nosotros, en occidente, los que tenemos la herencia cultural europea, usamos 12 colores. En un momento hubo más. Y todos los instrumentos se subordinaron al piano con distancias entre los sonidos exactamente iguales. En otras culturas como la hindú o la árabe la cantidad es mayor (aunque hay algunas que usan menos, 4 ó 5, pero estamos hablando de las que usan más)… si mal no recuerdo… los hindúes utilizan una escala de 22 notas, de las que compartimos sólo algunas. Y los árabes andan por las 17. Son diferencias culturales más allá de la riqueza rítmica que tiene cada música. Pero estábamos hablando de si la trompeta es o no un instrumento “botón” (risas). Depende de la música que toques y cuánto se permite cada estilo manipular el sonido o no. Hay estilos que son más estrictos que otros y cualquiera que toque un poco “distinto” parece que no tiene nada que hacer ahí.
¿Cómo arrancaste, la típica familia de músicos o todo lo contrario (risas)?
Mi papá fue violinista y mi mamá pianista. Mi papá se dedicó más profesionalmente, así que en mi casa siempre escuché música; clásica, más que nada. Luego se fueron introduciendo otras cosas. Pero el contacto con los instrumentos lo tuve desde chico. Asistía a ensayos, escuchaba practicar a mis padres… fue algo natural para mí. Primero como oyente y luego jugando con el piano, imaginando sonidos.
¿A qué edad podés decir que ya no se trataba de “influencia familiar”?
(Piensa) Creo que cuando empecé a estudiar trompeta. Ya era una persona mayor de edad (sonríe). Ahí tuve en claro que era eso lo que quería hacer. Ya venía tocando algo de jazz con algunos amigos y con gente generosa. Y escuchaba mucho.
¿Te acordás del primer laburo que hiciste o del que participaste?
Creo que el primero fue con un pianista amigo de mis pagos (Río Cuarto, provincia de Córdoba), Lito Ficco. No sé bien cómo era ese laburo… era un boliche bailable pero lo nuestro no tenía nada que ver… era una suerte de intervalo jazzero pero la verdad mucho no recuerdo (risas). Éramos un cuarteto y hacíamos 2 ó 3 entradas de una media hora cada una… y listo…
Y ahí ya tocabas trompeta.
Exactamente. Esto debe haber sido por el ’79 o el ’80…
Ya había entonces algún espejo acá… ¿o te basabas en lo que escuchabas de los músicos de afuera?
Escuchaba mucho a los músicos de mi ciudad. La data venía por intermedio de los discos, escuchando radio, pero también aprendí mucho de los músicos del lugar o de alguno que aterrizaba por allá, ya sea de Buenos Aires o de otras provincias. Así que claro… tenía mis referencias.
¿El primer proyecto propio?
Fue… (piensa) un sexteto. Se llamaba Otetsex. Era un proyecto propio hasta cierto punto porque era compartido con los demás, aunque el que convocaba, armando ensayos y escribiendo algunas cositas era yo…
¿Repertorio original?
Un poco y un poco. Había originales y “estandartes” (sonríe).
¿Esto fue en Córdoba?
No… acá en Buenos Aires, hará unos 20 años. Porque no es que vine sin conocer a nadie. Tenía algún amigo acá y además, antes de instalarme, había venido varias veces ya sea para estudiar, ver conciertos, tocar en jams… así que tenía algunos conocidos. Lo cierto es que una vez instalado en Buenos Aires empecé a relacionarme con más gente… con el Negro González, Fats Fernández, Walter Malosetti, Héctor López Fürst, Andrés Boiarsky… y todos los que se vinculaban con ellos. Previo a eso, en mis pagos tuve un aprendizaje muy importante viajando por Córdoba y tocando con músicos de allá durante bastante tiempo. Tocando incluso con el pianista Cacho Yunes, que tenía un boliche en las afueras de Córdoba muy bonito, muy grande, que se llamaba “Siglo XXI”… ahí también aprendí un montón.
¿Notás mucha diferencia en el ambiente jazzístico entre el momento en que viniste vos a Buenos Aires y el actual?
Sí… hay diferencias. Siempre hubo un movimiento; tal vez ahora esté un poco más a la luz, también hay ahora más gente que toca y más lugares para estudiar, lo que también representa un caldo de cultivo que moviliza a los que van a aprender y a los que enseñan… que a su vez también aprenden. Entonces, es un estímulo mutuo. La información está mucho más accesible, con internet ni hablar… No mucho tiempo atrás la cosa era bien distinta. Porque veinte años es un buen número pero para la realidad cósmica no existe. Hay cambios sí… la información no estaba tan servida en bandeja y… (piensa) tal vez está bueno que no esté todo tan servido en bandeja… uno tiene que esforzarse más pero no por el hecho de que lo que se consigue sin esfuerzo no vale… creo que no es tan así. Pero cuando te cuesta, te obligás a internalizar más las cosas, a esforzarte más. Es una forma de sentir que me resulta difícil expresarlo con palabras. Pero eso es lo que siento. A veces hace falta tocar más, escuchar más, decantar un poco más las cosas.
¿Pensás que tenerlo todo a mano ayuda al embrutecimiento?
No sé si al embrutecimiento, porque eso sería meter a todos en la misma bolsa; en aquel tiempo también había gente que tenía más acceso a determinada información por el hecho de que podía viajar o, simplemente, porque vivir en la Capital Federal es muy distinto a hacerlo en una provincia. Acumular información no implica formarse. Uno puede informarse pero no formarse. A veces… no siempre, estoy generalizando. Pero volviendo a lo anterior sí… hay diferencias. Hay más comunicación entre las distintas generaciones.
La sensación, a la distancia, es que en los ’60 los jazzeros formaban una especie de ghetto; en cambio ahora parece estar todo menos blindado.
Puede ser… no sé cuándo ni por qué fue así… Cuando el jazz estaba más vinculado al baile, en los mismos lugares confluían la Típica, asociada al tango y la Jazz. Hubo en algún momento una separación, pero sí hubo guardianes de la verdad y creció un antagonismo entre los que hacían jazz tradicional y los más modernos. Pero creo que ahora eso se superó.
(Con desconfianza) ¿Sí?
(No muy convencido) Sí… o al menos ahora está más asordinado (risas).
El primer disco tuyo fue…
Cacerola, pero salió recién el año pasado. Cronológicamente fue el primero, grabado en el 2001, un mes antes del gran desastre que nos tocó vivir a los argentinos. En el 2004, con Marianito y Sergito para los amigos (risas, se refiere al contrabajista Mariano Otero y al baterista Sergio Verdinelli), sacamos el disco del Trío M.E.S., “No sabía que era posible”. Así que al público salió primero ése.
Bueno… al público… fue algo más bien artesanal…
Sí… (sonríe). A una parte del público, entonces. Al público “buscón” (risas). Y en Cacerola estaban Wenchi Lazo en guitarra y Alejandro Ferrera en batería. También hubo invitados, como Ernesto Jodos, Pepi Taveira, Marcelo Blanco, Hernán Merlo, Carlos Lastra… el que no estuvo porque se fue un tiempito antes fue Guillermo Bazzola.
