• Escalandrum: No se Extingue

    La Trastienda – Buenos Aires
    Viernes 27 de junio de 2008 – 21:00 hs.

    EscalandrumEl sexteto argentino Escalandrum es liderado por el baterista Daniel Pipi Piazzolla. El nombre de la banda tiene mucho que ver con él, ya que es una combinación de las palabras "escalandrún" y "drum" (en inglés, batería).
    Ah… cierto… casi se me pasa. El escalandrún es un tiburón que suele encontrarse en Australia y en el Atlántico Sur Ocidental. Si usted habita Mar Chiquita, Necochea, Bahía Blanca, Bahía San Blas, Monte Hermoso, Santa Clara del Mar o en verano se pega unos chapuzones en la Punta Mogotes marplatense, hágalo con cuidado. Porque el escalandrún (o, para los entendidos, carcharias taurus) suele hacerse unos lindos largos (ida y vuelta) y no quiero asustarlo pero… puede pesar unos 180 kilos, tiene cabeza y mandíbulas grandes y sus dientes son muy largos y agudos. Llega a medir casi 3 metros (más que Kobe Bryant y Largo, el de Los Locos Addams). Es generalmente de color gris, con reflejos verdes y amarillos, con su vientre blanco.

    Le cuento que la familia Piazzolla tiene una particular afinidad por la pesca de estos animalitos. Al menos, de Don Ástor para acá. Y ahora que sabemos el porqué del nombre de este sexteto ¿argentino de jazz o de jazz argentino? Mire… no me la ponga difícil desde el comienzo; ¿o también pretende que le realice una etimología del vocablo "drum"?
    La cuestión es que Escalandrum se creó a principios de 1999 y acaba de editar Visiones, su quinto álbum en estudio. Además de Daniel Pipi Piazzolla en batería, lo integran Mariano Sívori en contrabajo, Nicolás Guerschberg en piano, Martín Pantyrer en saxo barítono y clarinete bajo, Damián Fogiel en saxo tenor y Gustavo Musso en saxos alto y soprano. Cada uno tiene sus proyectos paralelos que no sólo se ciñen al jazz. Sin ir más lejos (y menos si estamos en la costa atlántica argentina), tenemos a Guerschberg en La Camorra y a Pantyrer en el cuarteto de saxos D'Coté. Pero es el momento de Escalandrum.
    Que se preparó con todo para presentar su nuevo disco en La Trastienda y ante mucha, pero mucha gente.

    En la última actuación de Dave Holland en la Argentina, Escalandrum fue el grupo invitado. Su actuación, de 25 minutos, fue notable. En ese momento escribimos: "No nos explayaremos en demasía porque iremos (invitados, pagando, de prepo o apelando a ciertos contactos con los barra brava escalandrumenses) cuando el álbum sea presentado oficialmente". Y aquí estamos.
    A las 21:25 hs. y sin esperar a que el telón termine de correrse, el sexteto arremete con Estación Once, tema que abre Visiones. Una breve intro a cargo de Guerschberg es secundada por Piazzolla percutiendo los aros de su tambor. Los caños avanzan a paso redoblado (aunque por ser de noche, Febo no asome) hasta que Pantyrer se adueña de la situación con el clarinete bajo. Su intervención es breve, una suerte de "casi solo". La posta la toma Damián Fogiel en tenor. Quedan en cuarteto. El sonido, desde nuestra posición, no es bueno: hay una intensa saturación de graves. Piazzolla recurre a las escobillas. Y a sus gestos. Y a las sutilezas. El solo es correcto; el baterista se enoja, larga las escobillas y le imprime potencia a la causa. La audiencia, por aplaudir el solo, se pierde un sutil traspaso al momento de Guerschberg en soledad; el pianista mete dedos e ideas y ciertos aires ciudadanos recuerdan a La Camorra. La melodía inicial se retoma con un pasaje menos lúcido. El sonido sigue siendo una molestia. Buen final para un buen inicio.

    Piazzolla se dirige al público confesando que el piano había llegado sobre el inicio del concierto. Ahora entendemos ciertos aspectos sonoros. Continúan con Cruces negras, título tomado de una costumbre colombiana, que consiste en pintar una cruz sobre el asfalto en los lugares donde fue atropellada una persona. Aprovecho para decirles que todo el material interpretado por el sexteto pertenece a su último registro. Linda y arriesgada apuesta. En la intro vuelve a percibirse, efímeramente, una atmósfera tanguera. Musso, en soprano, lidera al combo que, nuevamente, queda reducido a un cuarteto. El solo es prístino, contrastando con la gravedad sonora que lo sostiene donde, a pesar de todo, Sívori labura a destajo. Primer momento Pipi de la noche, apoyado homeopáticamente por el tandem Guerschberg / Sívori (una zaga central que me recuerda a Perfumo y Basile). El solo es breve y musical. Por ello, el sexteto no se incomoda al engarzar nuevamente con el tronco de la composición. La coda final (unos diez segundos) es genial.

    Pipi PiazzollaEn Zamba para Morita el rumbo lo marca, sutilmente, Guerschberg. La "zambalandrum" pasa a ser comandada por Pantyrer, que muestra muchas de las bondades de su instrumento, sus pulmones y su cabeza. Momento de rara, extraña belleza. Sívori mete dedos inteligentes que, lamentablemente, no logran apreciarse como merecen. Musso y Fogiel se suman para el final. Hermoso clima. Gran Momento.

    Me queda chico, de Mariano Sívori, arranca en tercera y regulando. Musso maneja pulcro. El momento parece caminar sin escalas a cierta languidez, hasta que el trío (Guerschberg, Piazzolla y Sívori) liderado por el pianista, empieza a morder la banquina. No aceleran, aunque tampoco respetan las curvas. Pero una pendiente hizo lo suyo y aquí estamos, sin cinturón de seguridad y con el sexteto virando a una suerte de "straight ahead… malambo" donde ahora sí, a Musso no le preocupa derrapar. Por supuesto que no lo hace. La melodía, potente y contagiosa, hace que Pantyrer semi dance cual Branford Marsalis en el clip de If You Love Somebody… (de Sting). Musso decidió acelerar en plena curva; la fanfarria de tres caños es seguida por la gente con palmas. Los demás se envalentonan y el 1114 acelera a fondo sin importar las consecuencias. Luego, súbita calma (¿un piquete?). Mientras tanto, pienso que éste es el Escalandrum que más me gusta. El guerrillero con sentido. Otro final abrupto. Tremendo pasaje.

    Piazzolla - SivoriPara el tema que titula el álbum, invitan al saxofonista Pablo Rodríguez. Guerschberg juega con las cuerdas del piano. Los (ahora) cuatro saxos van, libremente, adonde se les canta. Piazzolla y Sívori inventan una efímera base que entra y sale como un buen nueve de área. Todo confluye en una melodía con ciertos ribetes Chick-Coreanos setentistas. Llama la atención verlo a Guerschberg tocando un Rhodes, por dos razones: porque no es algo muy habitual y, además, porque no se lo escucha. Bajo y batería le sirven de colchón al invitado que, en soprano, brinda un correcto solo, sin sorpresas. De pronto, aparece el sonido del Rhodes. Piazzolla, mucho más contenido que en otras oportunidades, brinda ciertos pasajes de descontrol que subyugan. El sonido ha mejorado, lo que permite apreciar las bondades de Mariano Sívori, que tiene su momento en soledad y lo aprovecha sobremanera. Con el septeto en su totalidad, el final no brinda sorpresas mayúsculas.

    Otro invitado: en corneta, Richard Nant. La intro de Tierra de nadie (de Fogiel) pone a todos los caños al frente pero sin exagerar. La fórmula se repite: quedan en cuarteto y lidera el invitado. Piazzolla recurre nuevamente a las escobillas. El solo de Nant ratifica lo bueno que es, con alguna pirotecnia que me recuerda a El vuelo del moscardón. Al sumarse Gusso, se produce cierto desajuste que no opaca la labor de ambos ni del trío de base, que está indeciso: sube, baja, acelera, desacelera, empuja… Con los 7 nuevamente en actividad, transitan caminos ya explorados. Hay potencia y justeza pero, también, cierta previsibilidad.

    El tercer y último invitado de la noche es el trompetista Juan Cruz de Urquiza. En Travesía, es Musso el que marca el camino; lo sigue Fogiel. Poco después, Pantyrer (esta vez en saxo barítono) completa la trifecta. El septeto ataca brevemente pero todo queda reducido a un trío. El liderazgo es del trompetista. Piazzolla y Sívori lo sostienen. Guerschberg apuntala las líneas del contrabajo. De Urquiza se suelta y no lo agarran Pampero, Plata, ni Tornado. Ante las genialidades del trompetista veo, por primera vez en la noche, los gestos desquiciados (habituales) de un Piazzolla que (me) pareció estar más contenido que de costumbre, como si por estar atento a "su" grupo, no pudiera liberarse del todo. Pero éste parece ser su momento. A dúo con Sívori le pega, con ubicuidad y sentido, a todo lo que tiene cerca. Guerschberg vuelve a reforzar las líneas de Sívori, cuyo instrumento ya no satura tanto. El baterista realiza una suerte de breakdance con el tronco y su cuello. Esa danza, desacompasada y frenética, la traslada a su instrumento. Y está tan concentrado en su rol de líder que, en pleno bombardeo percusivo, indica a sus compañeros que es el momento de entrar; entonces, aparecen los caños y creo que "estos" momentos del líder, a veces, son extrañados por el grupo.
    Gran final a todo vapor.

    Para el bis, Palo y a la bolsa, convocan a los tres invitados. El comienzo parece extraído de algún pasaje de Masques, de Brand X, con Piazzolla haciendo un increíble juego platillal. ¿Quién liderará ahora? Como respuesta, los 6 caños brindan un momento calmo, que intuimos se quebrará rápidamente. De pronto, vemos que Guerschberg y Sívori no están sobre el escenario. Tenemos un septeto conformado por batería, corneta, trompeta y cuatro saxos. El in crescendo va, justamente, in crescendo. Para cuando el noneto se completa, todo parece a punto de explotar. Pero surge cierta calma, propicia, en la que Guerschberg toma el liderazgo, esta vez (no entiendo por qué) nuevamente con el Rhodes. Se suman los caños nuevamente para el potente final.

    Pipi PiazzollaLa Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (UICN) dio a conocer la "Lista Roja" de las especies amenazadas. El escalandrún, lamentablemente, tiene la pole position, pues se encuentra en alto riesgo de extinción. Es que vive aproximadamente 14 años y las hembras pueden, con suerte, tener seis crías antes de morir. Esto hace que se piense en un declive poblacional del 50% en unos 10 años. En Australia, si usted decide pescar uno de estos tiburoncitos, mejor que vaya buscándose una digna excusa. De lo contrario, deberá pagar una pequeña multa de 220.000 dólares. Lleve cambio, por las dudas.

    No obstante lo apuntado (y gracias a lo presenciado), el sexteto Escalandrum no corre ese riesgo. No será extinguido tan fácilmente, aunque probablemente alguno de sus integrantes no verían con malos ojos una recompensa de 220.000 verdes…
    Es más… creo que va aumentando progresivamente el número de víctimas a merced del sexteto. Que no pesará 180 kilos ni medirá tres metros…
    Pero que tiene elementos como para provocar una rendición incondicional.
    Y sin derramamiento de sangre.

    Marcelo Morales

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