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John Hollenbeck's Large Ensemble: Eternal Interlude

Foreign One, Eternal Interlude, Guarana, The Cloud, Perseverance, No Boat

Músicos:
John Hollenbeck: batería
Ben Kono: flauta, saxo alto
Jeremy Vinner: clarinete, saxo tenor
Tony Malaby, Ellery Eskelin: saxo tenor
Dan Willis: saxo tenor, saxo soprano, flauta, cuerno inglés
Bohdan Hilash: clarinete contralto
Rob Hudson, Mike Christianson, Jacob Garchik, Alan Ferber: trombón
Tony Kadleck, Jon Owens, Dave Ballou, Laurie Frink: trompeta, fliscorno
Kermit Driscoll: bajo eléctrico, contrabajo
Gary Versace: piano, órgano, teclados
Matt Moran, John Ferrari: percusión
Theo Bleckmann: voz
Jc Sanford: conductor

Sunnyside Records, 2009

Calificación: A la marosca

En la partitura está todo menos lo esencial (Gustav Mahler)

Los principios nominativos de los conceptos de “obra maestra” o “compositor de alcance universal” parecen estar restringidos al ámbito de la música clásica, a pesar de que resulta virtualmente imposible delimitar las fronteras que determinan cuándo una obra corresponde al ámbito de lo clásico y cuándo está fuera de ese territorio. En lugar de enfrascarnos en ese infructuoso debate, resulta mucho más interesante y enriquecedor repasar esas obras o compositores que han sido etiquetados como magistrales; no para usarlos como orientación de nuestros gustos musicales, sino para descubrir y entender por qué fueron elevados a esa categoría suprema.
Ese ejercicio no tiene por objeto establecer una jerarquía que reemplace a la ya existente sino que sólo es una búsqueda por alimentar la curiosidad inmanente a todo proceso de aprendizaje. Por desgracia, muchas veces la curiosidad es relegada y los rótulos de “obra maestra” o “compositor magistral” son instrumentos de la pereza para adulterar la multiforme realidad del hecho musical, alcanzando un grado de arbitrariedad tal que solamente se compara a quien compra los objetos más caros para asegurarse de estar adquiriendo algo de calidad. En rigor, nadie puede hablar con seriedad de la genialidad de un Mozart, un Bach o un Beethoven si no toma en consideración que las opiniones son puramente subjetivas, si no conoce la música de sus contemporáneos (mejores y peores) o si se desconoce quiénes estaban antes o después de ellos. Digo esto amparado en el hecho de que toda creación, aun cuando la remolquemos a nivel de universal o magistral, habla un idioma contextual a su época. Sin conocer ese lenguaje, no se puede captar el mensaje o, aún peor, se le adjudica un sentido que no corresponde a la intención de su autor. Uno puede disfrutar de Beethoven en cualquier circunstancia, pero para obtener una perspectiva mayor de su obra también hay que escuchar a Wolfgang Amadeus Mozart, Joseph Haydn o Christoph Willibald von Gluck. De la misma forma, para comprender a Bach es necesario conocer a Antonio Vivaldi, Arcangelo Correlli o Georg Friedrich Handel; o para entender en profundidad a Mozart se requiere la escucha de Joseph Haydn o nociones de la opera buffa o del estilo galante. A modo de ejemplificar de una manera más sencilla lo que estoy tratando de expresar, podríamos decir que sin huevo no hay gallina… ¿O es al revés? A ver… la gallina pone el huevo, hasta ahí vamos bien. Pero… ¿y la gallina original de dónde viene? ¡No! Entonces primero fue el huevo… ¿Qué huevo?
¡No sé! Un huevo solo que apareció de repente, de la nada. Huérfano.
Aunque pensándolo bien, a lo mejor se lo olvidó una gallina… esteee… Para entender a Beethoven hay que escuchar a Mozart, Haydn y von Gluck, punto y aparte.

En definitiva, no saber colocar una obra de calidad en sus adecuadas coordenadas espacio-temporales es convertir a su autor en una especie de semidiós inaccesible y abstracto del que todos (desde la gallina hasta los huevos) dicen que es un genio sin saber por qué. Esto nos envía de regreso a la frase de Mahler que encabeza este comentario, ya que el compositor debe dar su visión personal de la obra que va a compartir con el oyente teniendo en cuenta no sólo lo escrito en la partitura sino también todo aquello con lo que se relaciona: el contexto en que fue escrita, su relación con otras artes y las motivaciones de su autor al momento de crearla.

Todo esto guarda relación con el álbum Eternal Interlude del John Hollenbeck’s Large Ensemble, en el que tanto el autor como la obra podrían resistir, y por más de un motivo, la adjudicación de etiquetas tales como "obra maestra" o "compositor de alcance universal". Claro que también resulta imprescindible determinar si esa jerarquía es justificada u otro instrumento de la (mi) pereza. Para ello debemos reconstruir el tejido artístico en el que brotaron la obra y el compositor, ya que prescindir de esos factores sería arrancarlo de las raíces que lo unen a su mundo y su tiempo y, por ende, adjudicarle un sentido arbitrario al mensaje originalmente pretendido.
El compositor, en el ejercicio de su arte, siempre quiere trascender a su tiempo, a su realidad, incluso a sí mismo. Concepto que el inolvidable Frederic Johannes Papalaqua definió con claridad cuando dijo: “Componer me hace inmortal” (famosa frase que pronunciara poco antes de su muerte…).
Ante cualquier compositor de fuste, Hollenbeck lo es, cualquier estreno abriga la esperanza de encontrarnos ante una obra mayor. No como en el caso de las obras de Papalaqua, cuyos estrenos sólo despertaban la esperanza de que fuera la última.

Eternal Interlude es el segundo álbum de John Hollenbeck con el Large Ensemble, proyecto que junto a The Claudia Quintet integra la columna vertebral de su universo creativo. Ambas propuestas comprenden sonoridades asociadas al nuevo milenio e integran influencias provenientes de jazz, minimalismo y post-rock; pero mientras The Claudia Quintet se aproxima a ellas desde la perspectiva de la música de cámara, el Large Ensamble lo hace desde el plano orquestal.
La mayor parte de las piezas de Hollenbeck que integran Eternal Interlude responden a distintas obras por encargo: Foreign One, por comisión de The Scottish National Jazz Orchestra; Eternal Interlude, para The Gotham Wind Symphony y Sigi Feigl; Guarana, para el University of Northern Colorado Jazz Ensemble; The Cloud, por The Bamberg Symphony Choir and Big Band y Perseverance para la Orquesta de Jazz de Matosineros. Componer por encargo es algo bastante habitual en ciertos niveles. De hecho, también Papalaqua se jactaba de haber llevado a cabo una obra por encargo para el afamado Carnegie Hall: la refacción del baño de damas, para más datos.

Foreign One es el sutil título escogido por Hollenbeck para una composición inspirada en el clásico de Thelonious Monk: Four in One. Una adecuada síntesis entre innovación y equilibrio sonoro que se caracteriza por sus cromatismos y las elaboradas intercepciones de los instrumentos de viento, en continuos juegos tímbricos y contrapuntísticos. Su frenético ritmo y las explosiones de color hacen que el ensamble sea un organismo vivo en agitación continua, adoptando variedad de matices y con capacidad para asumir las formas musicales más imaginativas. Un edificio sonoro de magnitud, con pulso firme, sin desfallecimientos ni medias tintas.
La suite Eternal Interlude confronta la extrema dulzura de la melodía, la distinción y el gusto por las sutilezas armónicas con la voluntad de una expresión ajena a toda medida terrena y una tendencia al trascendentalismo. Los descensos cromáticos de la línea melódica inicial adoptan el arquetipo del lamento clásico para luego desembocar en un impetuoso crescendo, que de pronto se consume para dar lugar a una coda de misteriosa quietud. Los ideales de Hollenbeck parecen contener al misticismo teosófico y las enseñanzas orientales, lo que en el plano musical se traduce en un éxtasis sonoro que pretende simbolizar el diálogo sin mediaciones entre el hombre y lo divino.

En Guarana, la perfección del tejido orquestal y en el tratamiento armónico se conjuga con un cálido e intimista equilibrio melódico pleno de aroma popular. Hollenbeck incorpora ritmos latinos y los yuxtapone con atisbos de minimalismo a la manera de Steve Reich y una sentida reformulación de los principios que anidan en orquestas de jazz como la de Gil Evans o Bob Brookmayer. The Cloud nos ofrece al Hollenbeck intimista y delicado. El desarrollo de la composición adquiere un carácter narrativo a través de un mosaico sonoro que confluye en la voz de Theo Bleckmann y su serena invocación al mantra Om Namah Shivaiya, el cual simboliza el espíritu de paz contenido en los Libros Vedas y el Tantra. En contraste con el tema anterior, Perseverance manifiesta energía y poder, un virtuosismo de irresistibles efectos, grandes masas de acordes y una tendencia a las irregularidades rítmicas. Un éxtasis luminoso de explosión orquestal que incluye movimientos fugados junto a secciones improvisatorias y sutiles alusiones a Frank Zappa y la Thad Jones-Mel Lewis Big Band.
El gigantismo expuesto en la mayor parte del álbum cierra con una sutil reducción de ciertos principios del minimalismo a través de la diminuta No Boat.

El tiempo dirá si Eternal Interludes es una obra maestra o no. Lo que sí resulta claro es que Hollenbeck no se sentó a esperar el futuro. Empezó a construirlo con su música.

Debemos ser el cambio que deseamos ver en el mundo (Mahatma Gandhi)

Sergio Piccirilli

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