• Yellowjackets / Mike Stern: Señal amarilla

    Teatro Gran Rex – Buenos Aires
    Miércoles 7 de octubre de 2009 – 21:30 hs.

    Hay infinidad de cosas que uno sabe lo que son sin que requiera explicación alguna, tal vez porque hemos convivido con esas cosas y hemos comprendido lo que eran, su nombre y su significado. Pero que si tuviéramos que definirlas, nos veríamos en situaciones que , incluso, podrían rozar el ridículo.
    Esto mismo puede trasladarse a acciones cotidianas, que las hacemos inconscientemente, sin pensarlas, muchas veces reiterando discutibles convencionalismos y que hacen que luego nos preguntemos el por qué de esas acciones. Los ejemplos pueden ser infinitos, como el ir hacia nuestras casas como autómatas, alentar a un club de fútbol hasta la afonía o compartir la cama con… con… espere que me fijo…
    ¿Usted acaso piensa antes de respirar? ¿Se dice "ahora inhalo, luego exhalo"? ¿Tiene en cuenta que una buena respiración es vital para su propio desarrollo? ¿Sabe acaso la composición química de lo que está llevando a sus pulmones? Ah… lo hubiera pensado antes…

    Tampoco razonamos demasiado a la hora de expresarnos verbalmente. Si bien los datos son discordantes, nos servirán para darnos una idea de lo limitados que somos a la hora de comunicarnos. Tomemos algunos ejemplos al azar. Según Marco Martos, el Presidente de la Academia Peruana de la Lengua, usamos apenas 500 palabras de unas 283.000 registradas en el diccionario de la Real Academia Española. Otros estudiosos indican que en realidad utilizamos unas 300. Más optimistas, en el III Congreso de la Lengua Española realizado en Rosario (Santa Fe, Argentina), esa cantidad asciende a mil. Como fuere, una verdadera insignificancia.
    De esto se desprende que si no nos interesamos por aumentar nuestro léxico cotidiano, ¿por qué íbamos a intentar comprender o definir cada una de las palabras utilizadas? Es extraño… pero en un punto es bastante lógico que así suceda. Imagine que en lugar de decirle que algo es amarillo, le dijera: "Es de un color semejante al oro o a la flor de la retama; el tercer color del espectro solar". Pero teniendo en cuenta las demás palabras, la frase quedaría más o menos así: "Es de un color, esa sensación producida por los rayos luminosos que impresionan los órganos visuales y que depende de la longitud de onda, semejante al elemento químico cuyo número atómico es el 79, un metal escaso en la corteza terrestre, que se encuentra nativo y muy disperso, o al brote formado por hojas de colores de la mata de la familia de las Papilionáceas, de dos a cuatro metros de altura, con muchas ramas delgadas y muy común en España; que sigue inmediatamente a la segunda sensación producida por los rayos luminosos que impresionan los órganos visuales y que depende de la longitud de onda del espectro solar, es decir, del producido por la dispersión de la luz del sol". Si definiéramos, incluso, cada una de las palabras de la frase anterior, o bien nos tomarían por dementes, o quedaríamos hablando solos o… o sea… es amarillo.

    Y que conste que no nos metimos en otras acepciones de "amarillo"; porque bien es sabido que puede estar referido a la palidez a causa de una enfermedad, o al color de piel de los asiáticos (al menos de algunos), al adormecimiento de los gusanos de seda en tiempos de niebla (¡!), a una enfermedad del ganado lanar que procede de una alteración del hígado, a una moneda de oro…
    Pero, aunque no lo parezca, aqui estamos para hablar de música. Y hay muchas canciones que incluyen a la palabra amarillo (o yellow, en inglés; o jaune, en francés; o giallo, en italiano; o gelb, en alemán; o желтый, en ruso; o أصفر, en árabe; o黄色, en japonés; o…); y por supuesto grupos también. Uno de ellos anduvo por Buenos Aires brindando un concierto en el Teatro Gran Rex; y lo hizo con el aporte del guitarrista Mike Stern.

    Nos referimos a Yellowjackets, banda conformada en 1981 por Russell Ferrante en teclados, Jimmy Haslip en bajo, William Kennedy en batería y Robben Ford en guitarra, luego reemplazado por el saxofonista Marc Russo. Enrolados dentro del jazz fusion (en un estilo en el que podríamos también mencionar a Spyro Gyra, Rippingtongs, etc.), a principios de los '90 se produjo el ingreso del saxofonista Bob Mintzer en lugar de Russo. La popularidad del cuarteto creció vertiginosamente y su discografía ronda las dos decenas.
    En su segunda visita a estas tierras (la anterior fue nueve años atrás), Yellowjackets se presentaría con dos de sus miembros originales: Russell Ferrante y Jimmy Haslip; en batería, Marcus Baylor y en saxos, sorpresivamente Bob Franceschini. En guitarra, el querido Mike Stern, de quien ya hemos comentado en reiteradas oportunidades sus bondades, especialmente sobre los escenarios porteños.
    Ésta ha sido la razón que más nos entusiasmaba con respecto al concierto; porque, la verdad sea dicha, nunca fui un fan de la música de Yellowjackets (ni mucho menos), ni del estilo y la actuación del año 2000 había sido bastante floja.
    La alianza se cristalizó en el álbum Lifecycle, después de una experiencia conjunta del cuarteto y el guitarrista en el Festival de Jazz de Montreux en 2007. El disco obtuvo gran repercusión en los críticos y el público estadounidense y fue nominado al Grammy 2009 en el rubro Mejor Álbum de Jazz Contemporáneo.

    Desde el inicio queda claro que el líder será Mike Stern. Un straight ahead en el que el guitarrista toca unas pocas notas y luego se sienta en una silla situada al costado del escenario. Desde allí vitorea la labor del baterista. Se levanta, ocupa el centro del escenario, sonríe (siempre sonríe), mete 4 acordes y se vuelve a sentar. Franceschini (miembro de la Mike Stern Band y que ya actuara en Buenos Aires con él) ensucia un poco la propuesta y recibe los aplausos exagerados de la platea preferencial ubicada sobre el escenario y que consta de una silla reservada a uno de los integrantes (sí, Stern). Cuando llega el primer solo del guitarrista, se lo nota entero y con todas las bondades intactas. Ferrante aporta cuestiones innecesarias pero el carisma de Stern puede más. Distorsiona y regala un gran momento que dura poco. El trabajo con escobillas de Baylor y la sobriedad de Haslip no alcanzan para disimular a un Ferrante tan obvio y limitado como de costumbre. Stern salta de su asiento y mete algunos (otros) acordes, como intuyendo que la cosa no va bien. Pero luego le espeta al oído "it was amazing". Baylor, por momentos, cotiza alto. El final anunciado llega después de veinte minutos.

    Baylor y Haslip brindan una base sólida para que Stern se divierta y para que pensemos que hay dos músicos del quinteto cuyo aporte es innecesario. Cuando Franceschini se suma al guitarrista, recordamos a la Mike Stern-Bob Berg Band; pero de eso hace ya mucho, pero mucho tiempo. Haslip le apunta al ascetismo pero el tandem guitarra – batería es cosa seria. Aparece nuevamente Franceschini para complicarlo todo; pero Baylor juguetea con los aros de sus tambores imprimiéndole otro (un) swing. Franceschini se esfuerza, sopla, se pone colorado, pero no hay caso. Ferrante realiza un solo que provoca un interés desmedidamente nulo. El guitarrista apela por primera vez a los "Stern-tronics". Se nos fue más de media hora.

    Sigue una balada que, compositivamente, es de floja hacia ningún lado. Floja y punto. El liderazgo aquí lo lleva el saxofonista ratificando todas las dudas que teníamos acerca de su desempeño. Stern pasa al frente y entrega un solo apenas correcto. Un final cuasi épico, bordeando el smooth jazz que provocó una gran ovación. Y yo que cada vez entiendo menos…
    El guitarrista se adueña del escenario y brinda una intro, solito y solo, que despierta admiración. Con su eléctrica sonando (por momentos) como una acústica y con una digitación impecable, provoca un silencio sepulcral en el recinto. El perfecto sonido de la sala permite apreciar una entrega en la que parecen fundirse Jim Hall y el Concierto de Aranjuez. Stern recurre nuevamente (y bien) a los Stern-tronics y cuando la estábamos pasando realmente bien… se mete Ferrante para arruinarlo todo. Pero todo se empeora aún más cuando el quinteto transforma un momento sublime en otro intolerable y sin escalas. Una balada melosa, que desterraría de cuajo, más aún intuyendo la ovación que seguramente se vendrá y vaya uno a saber por qué. El momento abúlico, además, se lleva una media hora de concierto. Se la lleva y nadie parece reclamarla. Pero la predicción se cumplió: una re-ovación que me dejó patitieso. Cada vez entiendo menos que menos.

    Un blues a la Stern intenta acomodar un poco las cosas, pero compositivamente es más endeble que la defensa de Muñiz (equipo de la Primera D del fútbol argentino, la última categoría, no sé si me explico). Otro viraje al smooth jazz y el vúmetro del interés que no sabe qué hacer.
    Nos resistimos… algo tiene que pasar… Stern nos cae bien y algo tiene que regalarnos… ya ni esperamos Jean Pierre… aunque sea una pista, una señal… y aparece Chromozone, de Time in Place, disco del guitarrista de 1988. Y ahora sí, acompañado como corresponde por Baylor, Stern las hace todas, con un solo rompeportones que incluye algunos acordes que parecen extraídos de Sex Machine. Al guitarrista no hay quién lo pare y deja bin en claro (por si hacía falta) que es el líder del quinteto. Y, sabiamente, llega el final.
    Pero hubo un bis. Con intro de Ferrante, con un sonido que Vitale enterró en los '80, con la gente haciendo palmas, la música inmersa en un territorio remanido, previsible, obtuso, chabacano, efectista, populista… y con el tecladista como líder instrumental e intelectual. Esto puede salvarlo solamente una cosa. El final, que llegó a los 103 minutos de iniciado el concierto.

    Yellowjackets, esta vez con el aporte de Mike Stern, pasó por segunda vez por Buenos Aires. El concierto tuvo momentos de interés que, en su gran mayoría, hay que agradecérselos al guitarrista. Una base, a cargo de Jimmy Haslip y Marcus Baylor, que ofreció pocas fisuras aunque no demasiado vuelo creativo. Seré piadoso con respecto a las composiciones. Y creyente en relación a Russell Ferrante y Bob Franceschini, porque sus trayectorias se asemejan a un verdadero milagro.
    Así como sucede con las palabras, que uno las utiliza pero no las define, algo parecido me ocurre con Yellowjackets. No sé explicar muy bien el por qué, pero es el tipo de música del que he decidido (y con toda convicción) alejarme definitivamente.
    Esto sin olvidar que el amarillo para algunos es señal de buena y para otros de mala suerte.
    Pero también algo que te anuncia un peligro, un llamado de atención.
    Atraído por la presencia de Mike Stern, acudí con ciertas expectativas.
    Así me fue…

    Marcelo Morales

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