• Angel City Jazz Festival: El que tenga oídos para oír, que escuche

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    John Anson Ford Amphitheatre – Los Angeles, California (USA)
    Domingo 3 de Octubre de 2010 – 17:00 hs.

    En distintos puntos de la ciudad de Los Angeles tuvo lugar entre el 2 y el 9 de octubre pasado la tercera edición del Angel City Jazz Festival – Rethinking Jazz. Este evento, organizado por el infatigable promotor angelino Rocco Somazzi en colaboración con el violinista y director del sello Cryptogramophone Jeff Gauthier, incluyó en días sucesivos las presentaciones de Henry Grimes & Friends y el John Beasley/Dwight Trible Duo en la sala Red Cat, el espectáculo multimedios encabezado por Myra Melford Cooking it Up en el Royal T, la proyección del film The Reach of Resonance con música en vivo a cargo de Motoko Honda en el Barnsdall Gallery Theater, el debut mundial de Dirty Baby (proyecto interdisciplinario inspirado en la obra pictórica de Ed Rushka con música de Nels Cline y textos del poeta David Briskin) en el LACMA-Bing Theater y la actuación del John Abercrombie Quartet en el Musician Institute Theater. La jornada principal del Festival, desarrollada el 3 de Octubre en el histórico John Anson Ford Amphitheatre, comprendió las rutilantes presencias del quinteto Kneebody, el Vinny Golia Sextet, el Wadada Leo Smith’s Golden Quartet (con Vijay Iyer), el trío The Sons of Champignon (con Nels Cline, Tim Berne y Jim Black) y el Ravi Coltrane / Ralph Alessi Quintet.

    Desde su origen, el Angel City Jazz Festival fue concebido como un ámbito de reflexión sobre los diferentes lenguajes en que se nutre, manifiesta y expone la escena jazzística y la música creativa del nuevo milenio. Es dable suponer que detrás de esa concepción subyace un intento por ampliar las fronteras de la música contemporánea, reintegrar el arte musical al plano de la experiencia colectiva y utilizar esa vía como canal apropiado para facilitar una comprensión más profunda del mundo que nos rodea. Esa ambiciosa aspiración de sus organizadores se funda en que la capacidad de reconocernos en la música es uno de los aspectos más elevados que puede experimentar el ser humano. De hecho, la música tiene un alcance universal porque en su cabal unificación de lo múltiple y en la pluralidad física de los sonidos que contiene, se descubre un mensaje integrador que alcanza equivalencias antropológicas y permite una apreciación de validez colectiva. Eso explica la estrecha relación existente entre la música y la filosofía, ya que esas dos corrientes del saber se preocupan por la búsqueda de una forma de universalidad en los conceptos, el pensamiento y el lenguaje. La música también tiene explicita semejanza con el lenguaje hablado, debido a que ambas contienen un discurso sonoro dirigido al oído y responden a determinadas estructuras que son decodificadas por la mente. Mientras el primero se organiza en fonemas, sílabas, palabras y locuciones que van hilándose entre sí hasta adquirir sentido, el segundo responde a combinaciones de notas, motivos, frases y secciones que adquieren formas musicales.

    El disfrute de la música es una experiencia íntima y, por ende, su valoración puede tener un significado diferente para cada persona. No obstante la música, al igual que otros modos de lenguaje, también tiene reglas, leyes y principios; y como tal, no sólo es pasible de ser estudiada de una manera objetiva y sistémica sino que además requiere de una serie de conocimientos para su cabal comprensión.
    Todo esto nos lleva a pensar en las diferencias existentes entre tener la capacidad y actitud para escuchar, comprender y disfrutar de un lenguaje en particular o simplemente oírlo. Un buen intento por dilucidar ese dilema es lo expresado por el filósofo y ensayista español Juan David García Bacca en su obra Filosofía de la Música, especialmente cuando aseveró que “el gran oidor es el que escucha lo que oyó”.
    Mientras trataba de ubicarme en las cómodas instalaciones del John Anson Ford Amphitheatre comencé a sentirme invadido por preguntas y profundos interrogantes del tipo: “¿cuántos grandes oidores habrá en el auditorio?”, “¿soy un gran oidor?”, “si no lo soy, ¿lo seré alguna vez?”, etc. En eso estaba inmerso hasta que escuché una voz del más allá que me dijo: “¡Siéntese de una vez, imbécil!”. Y me senté.
    De regreso a mis reflexiones colegí que a estas alturas no sería descabellado considerarme un “gran oidor”. Sobre todo después de haber logrado escuchar desde mi posición aquella lejana voz que provino del más allá… más allá de la fila catorce.

    El festival dio inicio con la portentosa y convincente presentación de Kneebody, banda que integran el saxofonista Ben Wendel, Adam Benjamin en piano eléctrico, Nate Wood en batería, el bajista Kaveh Rastegar y Shane Endsley en trompeta. La sofisticación instrumental, el elegante empaque melódico, los sólidos arrestos improvisadores y la visión modernista del jazz que caracteriza a esta agrupación, resultarían plenamente ratificados desde la apertura con un tema inédito (aún sin título) en el cual manifestaron su habitual y consumada fusión de post-rock y una especie de jazz futurista impregnado de códigos anclados en el M-Base. Luego ofrecerían una intachable versión de Teddy Ruxpin, pieza (extractada del recientemente editado You Can Have your Moment) que manifiesta una vital e innovadora relectura de la música de fusión. Tras la simplicidad melódica y el hipnótico up-beat del tema que dio título a su último álbum, el grupo desplegó una colorida interpretación de Call. Esta composición se funda en un andamiaje sonoro montado sobre dos líneas melódicas centrales que va progresando en un ascenso continuo mediante enérgicas fracturas rítmicas y una precisa alternancia en la jerarquía otorgada a cada instrumento, en donde sobresalen el piano eléctrico de Adam Benjamin y el saxo tenor de Ben Wendel. Uno de los momentos más logrados de la actuación de Kneebody llegaría de la mano del inédito Trite. Una mixtura de jazz, pop, rock y música clásica contemporánea que amenaza con convertirse en un tour de force de la banda. En esta ocasión ensalzado por el magnífico aporte solista de la trompeta de Shane Endsley, las vigorosas intervenciones de Kaveh Rastegar en bajo eléctrico y una labor consagratoria de Nate Wood en batería. El cierre del show transitó las angulosas aristas armónicas del agitado Nerd Mountain.
    En equivalencia con el idioma hablado podríamos afirmar que lo expuesto por Kneebody respondió a los parámetros de un lenguaje moderno, académico y urbano.

    Dispuesto a comprobar el axioma de José David García Bacca referido “al gran oidor”, opté por dirigirme entonces a un señor maduro y de gesto adusto que se hallaba a unas cuatro butacas de distancia para preguntarle:

    – Disculpe señor, ¿usted “escucho lo que oyó”?
    – Eh… ¿qué?
    – Le pregunto…si “escuchó lo que oyó”… (alzando la voz)
    – No le escucho… ¿qué dice?

    Evidentemente no sólo no escuchó lo que oyó sino que además no oye nada.

    Ahora es el turno del Vinny Golia Sextet, en esta oportunidad conformado por su líder en vientos, Gavin Templeton en saxo alto, Dan Rosenboom en trompeta, Alex Noice en guitarra, Jon Armstrong en bajo eléctrico y Andrew Lessman en batería. El respetado compositor y multi-instrumentista Vinny Golia es una de las figuras emblemáticas del free-jazz y la libre improvisación de Los Angeles. Su inabarcable trayectoria musical incluye colaboraciones con artistas del calibre de Anthony Braxton, Henry Grimes, Wadada Leo Smith, Misha Mengelberg, Tim Berne, John Zorn y George Lewis, entre muchos otros. Además de participaciones en la Orquesta Filarmónica de Los Angeles, el Rova Saxophone Quartet, la George Gruntz Concert Jazz Band y una profusa labor pedagógica como docente en el California Institute of the Arts. A pesar de semejantes pergaminos, la presentación del Vinny Golia Sextet no respondió a las expectativas. En el transcurso de una hora se sucedieron sin pausas ni interrupciones una serie de piezas, en su mayoría inéditas, cuyo resultado fue enérgico en su concepción pero tosco en su realización. El ensamble, aun presentando un sonido noble y potente, naufragó sin remedio en un mar de complejidades abordadas sin el debido cuidado y con una lectura deslavada y monocorde de la partitura. Los acotados espacios asignados a la improvisación sucumbieron a exposiciones carentes de matices e inocultable falta de inspiración con excepción de las vibrantes intervenciones del experimentado Vinny Golia en saxo barítono y del joven guitarrista Alex Noice. En concordancia con las comparaciones de lenguajes, la actuación del sexteto equivaldría a la lectura de un texto enrevesado sin respeto por los signos de puntuación y expresado sin detalles de entonación.
    A fin de cotejar opiniones, acudí a mi vecino de asiento y le hice la pregunta de rigor: “¿escuchó lo que oyó?”. Tras un prolongado silencio pude constatar que el interrogado estaba profundamente dormido… Así que su respuesta fue considerada como válida.

    Entretanto, ya se encuentra en escena Sons of Champignon. Este proyecto, de reciente constitución, asocia a tres auténticos íconos de la música creativa: el guitarrista Nels Cline, el saxofonista Tim Berne y el baterista Jim Black. Por espacio de una hora seríamos testigos de una entrega completamente improvisada no apta para oídos fosilizados. Un mensaje encriptado en el que se funden, sin perder entidad ni balance, el punk-rock, el free-jazz y la música electrónica de avanzada. Las visionarias obsesiones estéticas del trío implicaron una renuncia voluntaria a la belleza sonora para dar lugar a una catarsis musical avasallante, feroz y con un desgarro e intensidad sin concesiones. Una valiente mirada al fondo del abismo, sustentada en las dotes camaleónicas de la guitarra de Nels Cline, el negrísimo dramatismo que imparte el saxo de Tim Berne y la descomunal potencia que emerge de la batería de Jim Black. En términos de lenguaje hablado sería un discurso sin retórica, auténtico, bestial, soez y salvaje pero lleno de verdades incuestionables e indiscutibles.
    En un momento pensé en hacerle “la preguntita” a mi compañera de asiento, pero desistí al ver que estaba perdiendo masa encefálica por vías aéreas respiratorias.

    Sin tiempo para reponernos llega el Wadada Leo Smith’s Golden Quartet alineando a Vijay Iyer en piano acústico y eléctrico, John Lindberg en contrabajo, Pheeroah AkLaff en batería y su líder Ishmael Wadada Leo Smith en trompeta. La estética conceptual diseñada por Smith para este ensamble conjuga la mutación de aspectos embrionarios anclados en el jazz eléctrico, complejas nociones estructurales de libre improvisación, fundamentos cromáticos emparentados al arte abstracto y un encuadre filosófico de profunda espiritualidad. Todas esas cualidades, lejos de ser expuestas aquí mediante composiciones ya contenidas en la fascinante discografía del cuarteto, se manifestarían en esta ocasión a través de cinco de las piezas que integrarán una obra comisionada especialmente por la Fundación Guggenheim aun sin estrenar. De esa obra titulada America, escuchamos aquí: Dred Scott-1857, September Eleventh-2001, Democracy, Buzzsaw: The Myth of the Free Press y People of the Shahada, respectivamente. Esta serie de composiciones pergeñadas por Wadada Leo Smith es el resultado de sus investigaciones y reflexiones sobre la historia social, política y filosófica de los Estados Unidos. Sería un despropósito intentar desmenuzar en pocas palabras el monumental alcance estético de este proyecto; sólo diremos que la idea medular de la obra es brillante pero nada ligera y con la habitual capacidad de su autor para sintetizar diversas visiones musicales en una única partitura. La performance del cuarteto (especialmente en los casos de su líder y Vijay Iyer) estuvo llena de sutilezas y ajena a cualquier gesto superficial o innecesario, haciendo que el virtuosismo no se convierta en un elemento susceptible de ser admirado per se, sino en la consecuencia de una necesidad emanada del texto musical.
    La actuación del Wadada Leo Smith’s Golden Quartet, volviendo a las equivalencias de lenguaje, fue como haber escuchado la disertación de un filósofo con la misma devoción con que lo haría un discípulo ante su maestro.

    En verdad, el festival podría haber terminado aquí pero aún faltaba el cierre con el Ravi Coltrane / Ralph Alessi Quintet, integrado por Darek Oles en contrabajo, Larry Koonse en guitarra, Steve Haas en batería, Ravi Coltrane en saxo y Ralph Alessi en trompeta. Sólo diremos que fue una entrega correcta, sobria y discreta*.
    (*) Fe de erratas: donde dice “correcta, sobria y discreta” debe leerse “insulsa, soporífera e insípida”.
    Por piedad omitiremos las relaciones de lenguaje para no vernos en la obligación de comparar la actuación del quinteto con las adormecedoras cadencias de un arrullo.
    Salimos del Angel City Jazz Festival enriquecidos con certezas, dudas y reflexiones.

    La cabal comprensión del lenguaje musical es un desafío intelectual y también una decisión personal. Por eso en relación al axioma del “gran oidor”, quizás todo se resuma (parafraseando a Jesús) en: “El que tenga oídos para oír, que escuche”.

    Sergio Piccirilli

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