• Jean-Max Méjean: Pedro Almodóvar

    Ediciones Robinbook

    La música, elegida por él con sumo cuidado, representaría su apego a España. Del mismo modo, las canciones tristes que selecciona y manda adaptar serían, en realidad, la confesión de su gran sensibilidad, escondida bajo toneladas de provocación, pese a que no tenga, a diferencia de Fellini o Hitchcock, un creador de bandas sonoras en su equipo. Se convierte entonces en ladrón de música, como lo reconoce él mismo. Reviste sus películas con música de Nino Rota (Laberinto de pasiones), de Bernard Herrmann ("Fragmentos de suite" para Psicosis, en Kika) y de Miles Davis (Tacones lejanos). Encargó también una creación original -que no acabó de gustarle- a Ryuichi Sakamoto (Tacones lejanos), así como a Ennio Morricone (¡Átame!). Pero, sobre todo, Pedro Almodóvar ha cosechado un gran éxito con versiones de antiguas canciones actualizadas con una nueva interpretación. Quizás éste sea el homenaje más patente a su madre y al gusto del pueblo, al que dice sentirse muy cercano por sus orígenes. No las citaremos todas, pero pensamos, sobre todo, en las interpretaciones de "Ne me quitte pas", por Maysa Matarazzo (en La ley del deseo); "Espérame en el cielo, corazón", por Mina (en Matador); "Cucurrucucú, paloma", por Caetano Veloso (en Hable con ella), y, claro está, "Piensa en mí" y "Un año de amor", por Luz Casal (en Tacones lejanos). Estas canciones populares son convertidas en verdaderos lamentos, aptos para ilustrar los melodramas que conforman su especialidad, tal como explica a Frédéric Strauss: "Elijo estas canciones con el corazón; se trata siempre de canciones que me gustan y que hablan de mis personajes, que se infiltran de forma natural en el universo de mis películas".

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