• Julio Santillán

    Pero uno jamás olvida al primer amor… ¿Seguís conservado tu primera guitarra o sólo es un recuerdo?

    No… fue una de las cosas que vendí antes de viajar a Boston. Yo empecé con la guitarra criolla de mi viejo, una Silva (luthier tucumano) del ’72. Cuando comencé a tocar rock, conseguí que me regalaran una acústica blanca. Después me acuerdo que pasé un año pegado a una vidriera obsesionado con una Faim Stratocaster roja. Ahorré dando clases de guitarra y vendiendo cohetes en la calle, como ven lo hacía desde chico, y me la compré. Cuando fui alumno de intercambio en USA, me gasté todo lo que mis viejos me habían dado para ese año en una Ibáñez S540 negra que conservo hasta el día de hoy, aunque la toco poco y nada. Cuando llegué a Berklee tenía en la cabeza el sonido del disco de John McLaughlin “Live at the Royal Festival Hall”. Me compré una Takamine y armé un trío con la misma instrumentación (guitarra con cuerdas de nylon, bajo eléctrico y batería). Es la guitarra que más uso en la actualidad; es un fierro. Cuando comencé a estudiar guitarra clásica, Pablo me dijo que tenía que dejarme las uñas de la mano derecha más largas. En parte porque me las como, en parte porque me gustaba el sonido dulce de los dedos y en parte porque me incomodaba para tocar la eléctrica con la púa, nunca lo hice. Cuando me compré la Takamine, renació mi amor por la guitarra criolla que tenía medio olvidada y, a la vez, fui dejando poco a poco de tocar la eléctrica. Por entonces decidí probar con las uñas largas. Me encantó, sobre todo para hacer rasguidos. Desde entonces toco así. La última guitarra que me compré fue una Estrada Gómez. Es mi guitarra favorita. La uso sólo para grabaciones y conciertos acústicos.

    ¿Y qué representan para vos tus álbumes? ¿Son como fotos que retratan un momento específico de tu vida o representan algo más dinámico y que sigue evolucionando en escena?

    Los discos, para mí, son el fin de un proceso. Un círculo que se cierra. Yo voy componiendo cosas que me van saliendo y de repente veo un concepto, un hilo conductor. Me gusta darle unidad al disco, que la música se interrelacione. Cuando encuentro esa conexión entre un puñado de obras nuevas, ya empiezo a pensar en el disco. Entonces pienso en las composiciones que le faltarían a ese concepto que imagino e intento componer en esa dirección. Cuando tengo el material, lo toco lo más posible hasta que madure. Finalmente lo grabo. Ahí termina el proceso. Cuando llega la hora de presentar el disco, generalmente ya estoy con otra música en la cabeza, pensando en el siguiente…

    Tu música, principalmente, se ha expresado en formato de trío y septeto. Además de la mayor o menor amplitud en la paleta de sonidos de que disponés en cada caso y que el trío es instrumental mientras que en el septeto la voz ocupa un lugar protagónico… ¿qué otras diferencias conceptuales hay entre ambos?

    Buena pregunta. Para resumir, los dos grupos interpretan mis composiciones, que parten desde la música popular argentina, tango y folclore. El trío tiene un enfoque jazzístico, por lo orgánico y espontáneo que surge a través de la improvisación. El septeto está orientado más hacia lo clásico, por el uso del contrapunto y la orquestación.

    El Bosque de la Memoria está dedicado a los desaparecidos. Si bien es cierto que la larga noche de la dictadura hace tiempo que llegó a su fin, ¿de qué manera nos marcó la falta de libertad y hasta dónde es importante para un artista conservar la memoria?

    Cuando terminó la dictadura yo tenía 9 años. Así que no me enteré de nada hasta mucho después, cuando empecé a preguntar. Me dolió mucho saber que se habían llevado a mi tío con 20 años, dejando a su mujer y su hijita recién nacida. Hasta hoy veo el dolor en los ojos de mis abuelos, de mis tías, de mi papá y de mi prima. Para colmo, el mismo pueblo tucumano eligió a Bussi como gobernador en los años de democracia. Cuando hace unos meses se lo condenó a cadena perpetua, le pregunté a mi papá que opinaba. Me dijo: “…a Bussi le dieron la oportunidad de defenderse con abogados ante un tribunal; me hubiera gustado que Gustavo tuviera esa suerte.” Siempre me preguntaba “¿qué puedo hacer?” Sentía la necesidad de hacer algo, pero no sabía bien qué. Pensé que siendo músico, lo mejor era escribir música. Decidí componer un ballet. Se estrenó en noviembre de 2005 en el teatro San Martín de Tucumán con la orquesta sinfónica y el ballet contemporáneo de la provincia. Fue muy emotivo. En el público estaban mis abuelos, mi prima (la hija de Gustavo), mi papá, mis tías, etc. Al final se me acercaban personas que no conocía y me abrazaban con lágrimas en los ojos. Me parece importante tener memoria más como persona que como artista. De esa manera no vamos a permitir que ocurran atrocidades como las que nos tocaron vivir en el pasado.

    ¿Cuáles son tus próximos pasos, tus proyectos futuros?

    Estoy por grabar “Un Instante”, un espectáculo que me encargó la Secretaría de Cultura de Tucumán para conmemorar un nuevo aniversario del fallecimiento de Jorge Luis Borges. Va a ser un disco íntimo, con una cantante (Sofía Tosello) y yo (guitarra y voz). Básicamente son canciones que compuse con poemas del célebre escritor. También estoy escribiendo “Aconcagua”, una obra orquestal de diez movimientos. La música estará acompañada por una proyección de cien fotografías que yo mismo tomé durante una expedición al “centinela de piedra”.

    Última pregunta: en El Bosque de la Memoria hay una frase que dice: “Podrán cortar todas las flores pero nunca podrán detener la primavera”.  ¿No te subleva, a veces, que nos hayan cortado tantas flores?

    Creo que la violencia no es un medio que mejore las cosas. Lo que me gusta de El Bosque de la Memoria, que fue la razón por la cual tomé su nombre para el ballet, es que es un homenaje pacífico a los desaparecidos. Es un parque creado por padres y familiares en el cerro San Javier, en Tucumán, adonde se plantaron árboles en memoria de sus seres queridos. Ahí está el arbolito que plantó mi abuela, creciendo día a día. Intenté transmitir ese mismo espíritu con la música que compuse. Si bien es bueno que nunca olvidemos lo que pasó para que nunca vuelva a suceder, no me parece necesario remover dolores y angustias pasadas. Unos días después de que se estrenó la obra, me encontré en la calle con uno de los músicos de la orquesta que era de la generación de mi papá. Me dijo: “¡Julito!, vos sabés que no pude tocar bien tu obra.” Suponiendo que se refería a las dificultades técnicas de la misma, le dije: “Sí, disculpame, es que escribí unas cosas raras…”. Y él me respondió: “No, no eran las notas, eran las lágrimas que no me dejaban ver la partitura…” Esas lágrimas tal vez reflejen la primavera que está en todos nosotros y que por ahí escondimos por miedo, indiferencia o descuido. Me gustaría que podamos aprender de eso y canalizarlo hacia algo positivo, hacia la vida y la paz.

    http://www.juliosantillan.com/

    Sergio Piccirilli

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