• Seabrook Power Plant: Seabrook Power Plant II

    Lamborghini Helicopter, Black Sheep Squadron, The Night Shift, I’m Too Good For You, Kush Lamps Ablaze, Sachetto Mal D’Aria, Forcep Perfection, 0515

     

    Músicos:

     

    Brandon Seabrook: banjo, guitarra

    Tom Blancarte: bajo

    Jared Seabrook: batería

    Judith Berkson: voz en Lamborghini Helicopter

     

    Sello y Año: Loyal Label, 2011

    Calificación: Dame dos

     

    La crisis de hoy es el chiste de mañana (Herbert George Wells)

     

    En días pasados escuchaba a un músico quejarse amargamente sobre los efectos que ha tenido la crisis económica mundial en el desarrollo del arte. En su rosario de penas se encadenaban –entre otros tópicos- la marcada reducción de espacios dedicados a las músicas menos acomodaticias, el escaso interés de parte de las principales compañías discográficas en publicar álbumes orientados a desarrollar propuestas arriesgadas e innovadoras y la creciente disminución de un público ávido por aceptar nuevos desafíos o dispuesto a comprometerse con proyectos asociados a la originalidad y lo desconocido que descorran el velo del cliché y la mediocridad.

     

    Esos lamentos y gimoteos de tono (cuasi) apocalípticos no sólo siguieron resonando en mis oídos durante varias horas sino que, también, lograron que mi pequeño mundo fuese asaltado por preguntas e interrogantes tendientes a dilucidar la veracidad de ese supuesto retroceso y si, además, eso tenía un valor universal o sólo se trataba de una apreciación derivada de la propia experiencia. Le juro que esa noche no pude dormir. Sin embargo, para la mañana siguiente, ya había arribado a dos conclusiones. La primera era irrefutable, indiscutible e irrebatible: tenía mucho sueño (recuerde que no pude dormir) y la segunda –algo más difusa, por cierto- fue que lo más prudente sería consultar otras opiniones. El primero de los músicos consultados –al que para preservar su identidad y honor llamaremos Juan Estándar- me dijo: “No hay retroceso sino una adaptación… hoy la gente tiene demasiados problemas como para que desde el arte se propongan desafíos o se exijan compromisos extremos” -para luego agregar mientras silbaba All the Things You Are- “a la gente hay que darle lo que quiere, cosas que le resulten familiares y con las que pueda sentirse cómodo, ¿entendió?”. Luego, sin esperar respuesta de mi parte, se alejo del lugar tarareando My Funny Valentine.

     

    En espera de un bálsamo me dirigí a la casa de un músico amigo caracterizado por su inquebrantable búsqueda en la exploración de nuevos territorios estéticos. La última noticia que había tenido de él era que se encontraba trabajando en una obra conceptual que conjugaba la idea tricéntrica y trans-armónica de Anthony Braxton con las técnicas de azar en la composición aplicadas por John Cage, la lógica simbólica y la teoría de conjuntos enunciadas por Iannis Xenakis en la música estocástica y la utilización de coloraciones micro-cromáticas totales desarrollada por Morton Feldman. Antes de explicarle los motivos de mi visita se me ocurrió preguntarle sobre la obra en cuestión. No fue una buena idea.

    - “Eso ya es historia… Ahora estoy grabando un álbum de covers de los Bee Gees” -respondió mientras intentaba emular algunos pasitos de baile de John Travolta-. “El desafío de nuestro tiempo es encontrar formas creativas y originales para que el dinero te alcance hasta fin de mes”. Acto seguido, se dio media vuelta y salió cantando (con el característico falsete de los hermanos Gibb): “Ah ha ha ha stayin’ alive, stayin’ alive, I’m stayin’ aliveeeeeeeee…”

    En definitiva y al margen de toda broma (¿broma?) me animaría a postular que –como decía el cineasta ruso Nikita Mijalkov- “la creatividad siempre se potencia en el lugar donde existen los problemas y en los tiempos de crisis”.

     

    Las dificultades obligan a aguzar el ingenio para hallar caminos alternativos. Es cierto que la crisis económica cambio el eje de la mercadotecnia de los grandes sellos discográficos pero no es menos real que hoy –como nunca antes en la historia- han proliferado los canales de divulgación de la música creativa a través de sellos independientes, auto-producciones, entidades sin fines de lucro, organizadores privados y mediante la utilización de las nuevas herramientas tecnológicas. También es cierto que ante la crisis algunos músicos –para asegurar su sustento- se han abocado a disputar los espacios de trabajo existentes o han tenido que refugiarse en los estereotipos que dictan las leyes de mercado; pero no es menos real que muchos otros has decidido asumir los riesgos que implica crear nuevas escenas o salir a explorar nuevos horizontes en donde la creación solo este supeditada a satisfacer una necesidad emanada del mundo interior del artista.

    Por último, es lógico suponer que así como hay músicos timoratos también debe haber un sector del público que ante la crisis responda de igual manera; pero -a los ojos de quien esto escribe- no solo resulta evidente que el público interesado en propuestas más avanzadas e innovadoras no ha decrecido sino que además de existir, esta hastiado y aburrido de recibir siempre lo mismo y por ello clama a viva voz una mayor exposición a las nuevas propuestas del arte musical.

     

    Tal vez a esa multitud sin rostro -que se adormece al escuchar álbumes que sólo ofrecen más de lo mismo o reciclan viejas ideas y repiten modelos arcaicos- le interesaría encontrarse con un proyecto transformador e imaginativo en el que confluyan –por citar un ejemplo al azar- los conceptos más extremos de la libre improvisación, la complejidad del rock progresivo, la crudeza del punk, la ferocidad del trash metal y que además cuente con músicos talentosos, deliberadamente ajenos a todo cliché y dispuestos a asumir riegos creativos.

    Pues bien, esa propuesta que acabo de describir existe y se llama Seabrook Power Plant; trío que integran el experimentado baterista Jared Seabrook (Hey Mama, Tickle Juice, Boston Jazz Quartet), el notable bajista Tom Blancarte (Liquid Surprise, Sparks, Jeremiah Cymerman, Peter Evans Quintet) y su líder: el fenomenal guitarrista –y uno de los nuevos arquetipos del banjo- Brandon Seabrook (Beat Circus, John Zorn, Naftule’s Dream, Peter Evans Quartet, Jessica Lurie Ensemble, etc.).

     

    El visceral y singular ideario estético de Seabrook Power Plant (la denominación de la banda es un juego de palabras entre el apellido de su líder y el nombre de la reconocida Planta Nuclear de Seabrook, New Hampshire) ya se había manifestado con sorprendente autoridad en el álbum homónimo de 2009; pero ahora, en su segundo trabajo, Seabrook Power Plant II, el trío parece haber logrado redondear un temperamento sonoro tan personal e inclasificable como provocativo y arrollador.

    Esas cualidades asoman desde el inicio del álbum con Lamborghini Helicopter. Una pieza de estilo indeterminado y carácter vertiginoso en donde se van concatenando las fulminantes cascadas de notas que provee el banjo de Brandon Seabrook con las frenéticas descargas percusivas de Jareed Seabrook y las asimétricas líneas de bajo que construye Tom Blancarte a las que se añaden aquí los inusuales ornamentos ofrecidos por la vocalista invitada Judith Berkson. La experiencia auditiva se manifiesta tan lejana de los estereotipos y de las sensaciones confortables, familiares y complacientes como tan próxima a una búsqueda deliberada por incomodar al oyente, estimulándolo a deconstruir conceptos y liberándolo de ataduras dogmáticas.

    La salvaje estética de Black Sheep Squadron se traduce en una especie de alegato contracultural del heavy metal que -al conjuro de los impiadosos riffs en guitarra que dispara Brandon Seabrook, el voluminoso pulso del bajo de Tom Blancarte y los contundentes aportes en batería electrónica y acústica a cargo de Jareed Seabrook- va evolucionando en un feroz ascenso dinámico luego rematado mediante un clímax deliberadamente inconcluso. En The Night Shift, tras un preludio de carácter espectral, hallamos una laberíntica yuxtaposición de sonoridades asociadas al jazz del nuevo milenio, complejas series armónicas que parecen heredadas del mejor rock progresivo de los setenta y una coda de atmósfera evanescente que oscila entre el minimalismo y la música ambiental. Aquí la brillante e inclasificable guitarra de Brandon Seabrook suena por momentos como si Robert Fripp, Allan Holdsworth y Mary Halvorson –después de tomar algunas copas de más- hubiesen decidido formar un trío. I’m Too Good For You tampoco da respiro ni se aparta de una estética que siempre es gobernada por los opuestos, las resoluciones inesperadas y los contrastes. El tema no sólo permite que se intercepten simultáneamente el country alternativo y el rock metálico sino que también hace que los sorpresivos adornos en electrónicos de la batería, el pesado ostinato del bajo o que un banjo ejecutado con arco parezcan lo más natural del mundo. Al obsesivo e hiperquinetico Kush Lamps Ablaze le sobrevienen el explosivo cóctel de música asiática, klezmer y free-rock de Sachetto Mal D’Aria y el deslumbrante solo de banjo a cargo de Brandon Seabrook en Forcep Perfection.

    El álbum cierra con el atrapante y febril aliento del punk-rock futurista de 0515.

     

    La valiente y transgresora propuesta de Seabrook Power Plant puede generar rechazos o adhesiones, desconcierto o fascinación pero nunca despertará indiferencia ni impedirá que se reconozca su originalidad. Y siempre la intención de ser original, además de manifestar virtudes propias, también deja en evidencia los defectos ajenos.

     

    Ser original es en cierto modo estar poniendo de manifiesto la mediocridad de los demás (Ernesto Sábato)

     

    Sergio Piccirilli

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