• Haruki Murakami: Viajero por azar

    (extraído de "Sauce ciego, mujer dormida" – Tusquets Editores)

    De 1993 a 1995 viví en Cambridge, en el estado de Massachussets. Estaba en la universidad como escritor residente y escribía una larga novela titulada Crónica del pájaro que da cuerda al mundo. En el Charles Hotel de Cambridge hay un club de jazz llamado Regattabar donde ofrecen a menudo conciertos de música en vivo. Es un club de jazz que tiene las dimensiones justas, con un ambiente muy tranquilo. En él suelen tocar músicos de renombre y no es demasiado caro.
    En una ocasión actuaba allí el pianista Tommy Flanagan y su trío. Aquella noche, mi mujer tenía algo que hacer y fui a escucharlo solo. Tommy Flanagan es uno de mis pianistas de jazz preferidos. La mayoría de las veces, aparece como acompañante y su interpretación es cálida y profunda. Tan refinada como estable. Sus solos posen una gran belleza. Me aposenté en una mesa al lado del escenario y me dispuse a disfrutar de la música mientras me tomaba una copa de Merlot californiano. Sin embargo, si se me permite expresar francamente mi parecer, aquella noche su interpretación distaba mucho de ser apasionada. Quizá no se encontrara en las condiciones físicas idóneas. O quizá fuera todavía demasiado pronto y no se había metido en el tema. No era, en absoluto, una mala actuación, pero carecía de ese algo que es capaz de transportar el corazón de quien la escucha a un lugar distinto. También se podría decir que le faltaba un toque de magia. Yo lo escuchaba pensando: "Ése no es Tommy Flanagan. Pero seguro que, de un momento a otro, nos muestra lo que sabe hacer".

    Sin embargo, por más que transcurría el tiempo, la interpretación no remontaba. Conforme se acercaba el final, yo me iba impacientando y me decía: "¡No quiero que acabe de este modo!" Esperaba que su interpretación me ofreciera algo que pudiera recordar. Y, de seguir de aquel modo, sólo me dejaría una impresión muy tibia. O quizá nada en absoluto. Además, tal vez no volviera a tener otra oportunidad de escuchar a Tommy Flanagan en directo (de hecho, no la he tenido). Entonces se me ocurrió de repente. "Si tuviera la ocasión de pedirle a Tommy Flanagan que tocara dos melodías más, ¿cuáles elegiría?" Después de pasarme un rato dándole vueltas al asunto, opté por Barbados y Star-Crossed Lovers.
    La primera es de Charlie Parker; la segunda, de Duke Ellington. Hay algo que quiero aclarar para los que no sean entendidos en jazz y es que ninguna de las dos melodías son muy conocidas. La primera se puede escuchar a veces, aunque es una de las obras más discretas que dejó Charlie Parker, y, en cuanto a la segunda, creo que la gente diría: "Ésa, yo no la he oído en mi vida", A lo que yo me refiero es, en resumen, a que elegí melodías muy "sobrias".

    Por supuesto que tenía una razón para escoger, en mis peticiones imaginarias, esas melodías tan "sobrias". Y es que Tommy Flanagan había grabado, en el pasado, una impresionante interpretación de ambas melodías. La primera está incluida en el álbum llamado Dial J.J.5 (grabado en 1957), donde Tommy Flanagan estaba al piano con la banda de J.J. Johnson, y la segunda aparece en el álbum Encounter! (grabado en 1968), donde él forma parte del quinteto bicéfalo Pepper Adams & Zoot Sims. A lo largo de su extensa carrera, Tommy Flanagan ha interpretado y grabado como acompañante incontables melodías, pero eran los solos, inteligentes y frescos pese a su brevedad, que se encontraban en aquellas dos piezas los que se habían contado siempre entre mis favoritos. Por lo tanto, me hubiera parecido un sueño que las interpretara entonces ante mis ojos. Yo mantenía la vista clavada en él imaginando cómo bajaba del escenario, se dirigía directamente a mi mesa y me decía: "Hace rato que tengo la sensación de que quieres pedirme que toque algo, así que pídeme dos melodías". Por supuesto, las perspectivas de que mis sueños se hicieran realidad eran nulas.

    Sin embargo, Flanagan, al final de la actuación, sin decir una palabra, sin lanzar una mirada hacia mí, interpretó las dos melodías, ¡una después de la otra! Primero, la balada Star-Crossed Lovers; luego, una (versión) uptempo de Barbados. Con la copa de vino en la mano, me quedé sin palabras. Supongo que los amantes del jazz me comprenderán, pero es que las posibilidades de que eligiera al final de una actuación esas dos piezas, una detrás de la otra, de entre un número de melodías de jazz tan alto como estrellas hay en el cielo, eran increíblemente pequeñas. Y, además, éste es otro punto interesante de la historia, que la suya fuera una interpretación tan maravillosa y llena de encanto.

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